CAPITULO I

Concepción Cabrera de Armida - Biografía

NOCHE DE BAILE

Esta noche es el baile de la Sociedad Potosina La Lonja. En la ciudad no se habla de otra cosa desde hace varios días.

Las señoras, sus hijas jóvenes, se han venido preparando con tiempo. Algunas encargaron sus vestidos a Paris; otras, las más, no se despegan de las costureras que, a lo largo de estas tardes quietas, cosen y bordan tan a gusto en las ventanas. Los rasos, las blondas, los encajes, los adornos de abalorios.

A casa llegó puntualmente la invitación con su sello de lacre. Baile de Reyes, el 6 de enero de 1876, a las 9 de la noche.

Las muchachas se están ya alistando. En las amplias recámaras, en las silenciosas salas, frente a las grandes lunas están peinándose, están prendiéndose los aretes de brillantes, el collar de perlas sobre el brocado negro, el aderezo de zafiros en el pecho, aquella cruz de ébaño con florecillas de oro. Era de la bisabuela que esta allá en el óleo de la sala, con su ampón vestido oscuro y un abanico desmayado entre las manos.

-Ya me voy, anuncio mi hermano Octaviano que, a sus 18 años, era el más joven de los socios fundadores de La Lonja. Tengo que ultimar los detalles del baile. Ay de ti si no asistes, Concha. No vayas a empezar como el pasado 12 de diciembre, que yo aquí los espero, que prefiero acostarme, que no quiero ponerme el vestido. Y eso que se trataba de lo primer baile que celebramos en ambiente familiar. Hoy si vas a ver lo que es un baile en La Lonja. Nada de hacer quedar mal a pápa y a los tíos, bien sabes sus compromisos como socios fundadores que son de La Lonja. Ahí nos vemos, señorita.

¿Señorita? La primera vez que me lo dijeron, me puse de mil colores y llore.
Me sentía feliz siendo niña. Pero como me desarrolle muy pronto, a mis 13 años parecía una joven hecha y derecha. Me vistieron de largo, y de largo tenía que salir a la calle, aunque en casa seguía usando mis vestidos cortos de niña.

Llegamos puntualmente a La Lonja que entonces ocupaba una finca situada en la Calle de La Cruz número 13, esquina con la Calle del Mesón de Santa Ana (hoy 5 de Mayo y Universidad), propiedad de don Franco Verastegui, quien la había rentado al precio de 35 pesos mensuales. Un activo comité había reunido entre los socios la elevada suma de ocho mil pesos que importaban las adaptaciones del local.

La calle estaba llena de carruajes y los balcones iluminados. A la puerta nos recibió con una caravana, Don Isidoro Díaz de León que fungía como presidente de la Sociedad Potosina. Bienvenidos, Don Octaviano y doña Clara, su hija Conchita más guapa cada día, mientras se inclinaba a besarme la mano. Yo, mortal de oír flores y tonterías. No me sentía en mi centro.

Alguien me entrego el carnet para que ahí anotara el nombre de los jóvenes que solicitaran bailar conmigo alguna pieza, pero resulta que antes de llegar a La Lonja, tenía el programa casi completo. Me agradaba gustar y tener muchos jóvenes que me sacaran a bailar. No sé por qué les caía en gracia, tal vez por boba.

Del brazo de pápa recorrí el largo pasillo que desembocaba en el patio, un bellísimo patio con su arquería de cantera sostenida en cuatro esbeltas columnas. Luego mamá y yo dejamos los abrigos y las pieles en el guardarropa y, siguiendo el riguroso ceremonial, pasamos al tocador a afinar el arreglo y dar el último toque al peinado. Me estorbaban los aretes, los anillos. Me fastidiaba todo ese brillo caduco y vano. Nunca los vestidos y las joyas me llenaron el corazón.

Estaba ahí todo San Luis. Los Ariztegui, los Margain, los Rincón, los Espinosa, los Muriedas, los Pitman, los Gordoa, los Otahegui, los Palau, Don Silvestre López Portillo, Don José Encarnación Piña, uno de los hombres más acaudalados de San Luis Potosí. Mira, hija, ese joven que ahora está entrando, es el poeta Manuel José Othón, hoy ingresa como socio, es muy culto, muy agradable, un gran conversador.
Aquí a La Lonja, el centro exclusivo de la sociedad potosina, venían los caballeros a platicar largamente; jugaban billar, tresillo y mayón, que es una especie de domino japonés con fichas de concha nácar; leían los periódicos que llegaban de Francia, Cuba, Estados Unidos; se informaban de los últimos acontecimientos del país que, gracias a los telegramas que enviaba el Ministerio de Fomento, se publicaban en un tablero a la vista de todos.

Luego papá comentaba en casa las noticias más sensacionales, el naufragio de aquel barco mercante que venía de Francia, el asalto de unas diligencias que habían salido de San Luis rumbo a Aguascalientes.

Aquí en La Lonja, la juventud celebraba veladas inolvidables. Los muchachos declamaban poemas románticos o entonaban canciones de la época que hablaban de amor, lágrimas y golondrinas. Las muchachas, como Pachita Pereda y Laura Villaseñor, cantaban trozos de opera o tocaban al piano pavanas y mazurcas, que el señor presidente agradecía obsequiándoles alguna figurita de Biscuit o de Sévres, o un buque de gardenias y rosas.

Nos sentamos en las sillas que mi hermano Octaviano había reservado a la familia, para presenciar "los lanceros". El patio resplandecía con los arbotantes, los valiosos jarrones, los cortinajes de encendidos terciopelos.

De pronto los espejos venecianos multiplicaron las evoluciones de las parejas que irrumpieron al compás de un minué para iniciar "los lanceros". Las parejas se entrelazaron en cuadros para un lento baile, un ceremonioso baile de corte. Luego las parejas se disolvieron y se tomaron de la maño en una alegre cadena que dio dos vueltas al patio.

El bastonero interrumpió los aplausos: Damas y caballeros, el baile se va a romper.
- Señorita, le ruego que me honre bailando conmigo algunas piezas. Anote por favor mi nombre en el carnet. Soy Francisco Armida. ¿Recuerda que uno de sus hermanos me presento con usted en el baile que tuvimos en familia el 12 de diciembre?

Papá me miro con una sonrisa casi aprobatoria. Sabía que Francisco Armida, también socio de La Lonja, era un joven honorable y formal, trabajaba como empleado en un comercio llamado El Moro. Había nacido en Monterrey y contaba 17 años.

Desde el corredor del segundo piso, la orquesta abrió el baile con un vals vienes. Que flojera tener que bailar tanto. Yo bailaba como una silla, porque me sacaban, pero sin mas fin que complacer.

Francisco no perdió tiempo. A la primera pieza se me declaro en toda forma y como yo nunca había oído hablar de amores, no supe que contestar, me quede muda por la sorpresa. Tal vez pensó que mi silencio equivalía a un desaire, una negativa. Sus ojos se llenaron de lágrimas.

- ¿Por qué llora usted, Francisco? -Porque sufro mucho.

- ¿Y por qué sufre?

- Porque usted no me quiere. Si no me corresponde, seré desgraciado toda la vida
Se me hizo tan raro que una persona pudiera sufrir si yo no la quería.

- No sufra por tan poco, Francisco, yo también lo quiero.

Los violines levantaron sus voces en un allegro vivace.

Salimos de La Lonja después de la medianoche. Por la calle desierta, fría, se afilaba el grito del sereno, linterna en mano: "Ave María y sereno"... En los nichos de algunas esquinas, parpadeaban mechones de aceite.

Llegue a casa intranquila, con un peso indefinible de zozobra, pendiente, susto. Ave María y sereno.

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