CAPITULO XI

Concepción Cabrera de Armida - Biografía
Pagina Principal

UN DIA Y OTRO DIA

Me gustaría saber escribir como mi esposa. Concha escribe todos los días yo no se que tanto. Llena una hoja y sigue con otra y con otra. Ella dice que es su cuenta de conciencia, cosas que yo no entiendo. Yo solo podría decir como es un día ordinario en nuestro hogar. Un día como cualquier otro día.

Concha se levanta a las seis de la mañana, reza sus oraciones al Espíritu Santo, a la Virgen María, se arregla, eso de arreglarse es un decir, le basta la limpieza, solo tiene dos vestidos de casa y dos para salir, nada de aretes, collares, polvos o perfumes; me toco una mujer que no me hace gastar, solo usa el anillo matrimonial. Aquella mañana en el Carmen oliendo a azahares, cuando Dios me la dio por esposa, no la merezco. Conmigo es amable, obsequiosa, recta, me complace en todo, me aconseja, me inspira.

A las seis y media oye misa y comulga diariamente en La Compañía. Regresa a levantar a los niños. Va de cama en cama moviendo a los mas flojos. Arriba, a rezar y a lavarse todos. Pancho de nueve años, Manuel de cinco, Concha de cuatro y Nacho, el bebé, de un año. Se desvive por sus hijos, sabe ser a la vez amorosa y enérgica, los aconseja con prudencia, los corrige con tino. Nada le preocupa tanto como formar su alma en la piedad.

A las ocho nos desayunamos un poco de prisa por tener que marcharme al trabajo. Concha me acompaña hasta la puerta, me da un beso, que Dios te ayude. Ella se queda en casa repartiendo la mañana entre los quehaceres domésticos, la costura, el examen de conciencia y media hora de oración que jamás perdona.

Cose mucho para los pobres, les hace vestidos y blusas, les teje medias y bufandas para el frío. Ah, y si le sobra tiempo, es claro que se pone a escribir. Pero eso si, primero deja la casa limpia y ordenada. Nunca sus rezos y devociones la han hecho descuidar sus deberes de ama de casa.

Tenemos dos sirvientas y un mozo que podrían desempeñar todo el trabajo, pero dónde va a estar Concha sentada, les ayuda en cuanto puede y lo mismo anda limpiando vidrios que moliendo chocolate. Hace un chocolate delicioso con yemas, almendras y canela. A los criados los trata como si fueran de la familia, esta muy al pendiente de que estudien el catecismo y frecuenten los sacramentos, todos los días reza el rosario con ellos.

Comemos a las doce y media, luego descansamos un rato. Jugamos con los niños, les encanta jugar a los caballos y, como es de suponer, a mi me toca ser el caballo. Concha les toca el piano, les enseña a cantar y a dibujar, tiene una gran facilidad para la música y la pintura.

A las tres de la tarde, yo salgo a mi trabajo y ella a San Juan de Dios para hacer la hora de guardia. A las cinco y media, da de merendar a los niños, que a esa hora, tienen hambre de adultos. Vuelve a San Juan de Dios para la visita del Santísimo y, de regreso a casa, lee el Evangelio, algún libro piadoso. Enseguida acuesta a los niños, que da mas trabajo acostarlos que levantarlos; los niños no quisieran que oscureciera para poder seguir jugando. A las ocho de la noche, cenamos juntos, comentamos los acontecimientos del día, hablamos de nuestros hijos, soñamos.
Con frecuencia vamos a visitar a los familiares. Concha esta al pendiente de ayudar a su mamá. Con mis padres y hermanos, extrema la bondad y la discreción. Mis forcejeos son cuando la quiero llevar a alguna visita de cumplimiento, alguna tertulia, no se diga cuando hay baile en La Lonja. Prefiere vivir oculta y pasar desapercibida.
A las nueve de la noche reza sus oraciones, hace el examen de conciencia, se acuesta y sigue rezando. Llevo conmigo el rumor de aquellos rezos...
regresar
continuación

 

 

| | | |
| | |