CAPITULO XII

Concepción Cabrera de Armida - Biografía
Pagina Principal

LA PUERTA PROMETIDA

Un profundo pesar sufría San Luis Potosí por la partida de los jesuitas. El hecho de haber reunido en la misma institución a seminaristas, estudiantes de la Compañía de Jesús y alumnos que se preparaban para otras profesiones, dió por resultado la escasez de vocaciones sacerdotales para la diócesis.

Una comisión de 198 caballeros, encabezados entre otros por mi hermaño OctaviaNo, pidió el señor Montes de Oca que los jesuitas establecieran en la ciudad un colegio independiente para que sus hijos no carecieran de educación según se ofrecían a ayudar con la mayor eficacia, pero el señor obispo no accedió a sus deseos.

El 29 de septiembre de 1894, el padre Heraclio de la Cerda entregó al señor Montes de Oca el seminario y el templo de la Compañía. Una comisión de 174 señores, entre quienes se contaban mi esposo y mi hermano José, despidieron al padre De la Cerda prometiéndole que ofrecían esta dolorosa prueba con espíritu de reparación.


El Señor me dijo entonces: Hoy te he cargado con mi cruz, la cruz de los pecados ajenos. Yo sentí con claridad que tenía la culpa del tumulto de toda la ciudad, de cada pecador, de todas las conciencias manchadas.

Dos meses antes, el padre Mir había estado en la hacienda de El Bozo donde erigió, el 12 de agosto, la segunda Cruz del Apostolado. Al volver a San Luis dio principio al Oasis al menos de una manera simbólica, consagrándome a Dios como religiosa de la Cruz. El día 21 se despidió de mí y se marcho a Puebla a donde lo destinaban sus superiores, como misionero.

Sufrí tanto que me enferme por acopio de bilis. Muy duro fue este golpe, terrible para mi alma, y muy corto el tiempo que había descansado en aquella dirección espiritual del padre Mir que tanto me había empujado hacia Dios. Habiendo pedido permiso al padre José Alzola, provincial de la Compañía de Jesús en México, me concedió que el padre Mir me siguiera dirigiendo por carta desde donde se encontrara.

Mi esposo y yo asistimos, el 4 de noviembre, a la inauguración del Teatro de la Paz que, en cinco años construyó el gobernador, General Carlos Díez Gutiérrez. Desde la Plaza de Armas hasta la Plazuela del Carmen, donde se levanta el teatro, había arcos de triunfo llenos de flores, aquello era un vergel. Como lucían iluminadas, la enorme copula de hierro y la fachada neoclásica, toda de cantera rosa. Nunca había visto una concurrencia tan numerosa y distinguida. El cupo de tres mil personas estaba totalmente cubierto a pesar del precio tan alto que se cobro y que fue de ocho pesos por butaca.

La Compañía de Opera Italiana canto el Himno Nacional que los caballeros escucharon de pie, don José de la Vega Serrano pronuncio el discurso, Manuel José Othón declamó una oda que había escrito para el acontecimiento: "aquí vendrá el viejo Esquilo el arte nos cobija en su regazo y en su templo estamos". Luego se presento la opera Lucrecia Borgia.

Mi sexto hijo nació el 9 de febrero de 1895. Yo misma le escogí el nombre de Pablo para que San Pablo le concediera su amor a la cruz. Desde antes que naciera, no se que me estiraba a rogar mucho, mucho para que su alma fuera toda de Dios. Prefiero mil veces muerto a mis hijos que impuros.

Cuando tuve a Pablito entre mis brazos, pedí por las dos gracias, la virginidad y el martirio; son las gracias mas grandes. Lastima que yo no conocí las bellezas de la virginidad. No te inquietes, me dijo el Señor, que tú para mi eres virgen aunque por mi voluntad seas casada.

Madre una vez mas, que alegría. El amor mas puro y fuerte que existe después del amor a Dios es el amor materno. Este amor se me ha ido afinando hasta desbordarse en los afectos más tiernos. Quisiera llenar de besos a mis hijos, pero me reprimo para sacrificar mi corazón. Ah, este amor de madre en su desinterés, en su grandeza, en la sublimidad que encierra es una participación del amor de Dios.

Quede tan enferma después del nacimiento de Pablito que unas calenturas perniciosas me pusieron a la orilla de la muerte, tuve que pasar una temporada en Jesús María para reponerme. Que alivio y que consuelo las noticias que me envió el padre Mir.

- A principios de diciembre del año pasado, conocí en Puebla al señor Ramón Ibarra y González, obispo de Chilapa. Le hable largamente del Apostolado de la Cruz, de las Religiosas de la Cruz y de tu persona; juzga que tu espíritu es de Dios. Se entusiasmó tanto que hizo voto de extender el Apostolado, me pidió que yo fuera su director espiritual y me invito a Chilapa para dar ejercicios espirituales a sus sacerdotes y establecer el primer centro del Apostolado de la Cruz. Es un obispo tan inteligente como virtuoso y acometedor.

Nacio en Olinala, una pintoresca poblacion del Estado de Guerrero. Muy niño, perdió a sus padres. después de brillantes estudios en el Seminario Palafoxiano de Puebla, paso al Colegio Pío Latino Americano de Roma para estudiar en la Universidad Gregoriana y en el Apolinar. Obtuvo los doctorados en Teología, Derecho Canónico, Derecho Civil y Romano. Posteriormente estudio en la Pontificia Academia de Santo Tomas de Aquino donde obtuvo el doctorado en Filosofía después de un examen tan esplendido, que el propio Papa León XIII quiso conocer y felicitar al talentoso y modesto joven mexicano premiándolo con una medalla. Ordenado sacerdote en la Basílica de San Juan de Letran, regreso a Puebla en 1883.

Ahí multiplico su celo en los más diversos ministerios, profesor del Seminario, ayudante en la Curia episcopal, canónigo de la Catedral, fundador del Colegio Teresiano para el que trajo de España a las religiosas de la Compañía de Santa Teresa, iniciador de las peregrinaciones de las diócesis del país al Tepeyac.

Un buen día dejo todas estas fecundas actividades y se marcho a Europa con el fin de hacerse jesuita. Cuando practicaba en Loyola los ejercicios espirituales como preparación para ingresar al noviciado y precisamente el día en que tocaba reflexionar, a la luz de Dios, sobre la elección de estado, recibió un telegrama del Vaticano donde León XIII lo designaba como cuarto obispo de Chilapa. Tenía 36 años. Consagrado obispo en la Basilica de San Juan de Letran, fue el segundo alumno mexicano del Pío Latino promovido al episcopado. El primero había sido el señor Ignacio Montes de Oca y Obregón.
Me cuenta el señor Ibarra que su diócesis es tan difícil como inmensa. Abarca todo el Estado de Guerrero que recorre a caballo, en mula o a pie, no hay vías de comunicación, el clima malsano de la costa, los sacerdotes escasos y una feligresía numerosa y dispersa cuya mayor parte esta formada por indígenas. Es un hombre apacible y dulce, comunicativo y jovial, de talento esclarecido y de gran iniciativa, tiene 41 años... después de enterarme de estas noticias y saber quien es el señor Ibarra, casi no podía yo hablar de emoción y agradecimiento. Bendito sea Jesús que nos abre la puerta prometida. Cuanto quiero yo a los inditos. Que el padre Mir los distinga entre todos y les enseñé las hermosuras de la Cruz. Entre esta gente buena y sencilla se complace el Señor.

El 3 de mayo de 1895, el señor Ibarra firmo el decreto de erección del Apostolado de la Cruz para toda la diócesis y celebro en catedral una misa pontifical en que se consagro a si mismo y a su obispado al Apostolado de la Cruz. Tierra afortunada la de Chilapa que gusto los primeros frutos de esta obra venida del cielo.

- Oye, 'Pancho, por que no nos vamos a vivir a la ciudad de México? Me encuentro tan sola y con tantas necesidades espirituales, lejos de mamá que allá tiene ya una buena temporada y sin mi director espiritual.

- Pero, mujer, si jamás he pensado dejar San Luis y menos ahora que acabo de establecer mi propio comercio; me esta yendo muy bien.

Todos los sábados iba yo al Santuario de Guadalupe a pedir a la Virgen que me concediera este favor.

- Bueno, Concha, te llevare a México por unos días para que veas a tu mamá y asistas a la Coronación de la Virgen de Guadalupe.
El día de la partida, que fue el 26 de septiembre, me despedí del templo de San Juan de Dios y de la casa de mis papas, tan llena de recuerdos, presentía que no volvería a vivir en San Luis. Y así, con una mezcla de dolor y de gozo, partimos a la capital.

Mi esposo, los criados, los cinco niños, Pablito todavía en brazos. Tendríamos unos quince días de estar en México, cuando llego mi marido muy contento.

- Concha, se me ha presentado un buen negocio, nos quedaremos a vivir aquí. Yo me voy a San Luis a quitar la casa y tú te quedas arreglando la casa donde viviremos, en la calle del Tompeate. ¿De acuerdo?

El padre Mir me presento con el señor Ibarra. Me arrodille para besar el anillo pastoral y agradecerle su protección. Y como si me hubiera conocido desde siempre, me hablo lleno de fuego del Apostolado de la Cruz, me contó que había escrito a varios obispos del país para darles a conocer la obra, que sus respuestas habían sido favorables, incluso algunos deseaban que la Santa Sede la aprobara y que, con la anuencia que el había obtenido del arzobispo de México, Don Prospero María Alarcón y del abad de la Colegiata de Guadalupe, el padre José Antonio Plancarte, se levantaría una Cruz del Apostolado en el Tepeyac el 12 de octubre, día de la Coronación Pontificia de la Virgen de Guadalupe.

Ahí estuve desde la madrugada en la colina bendita; oí la misa que celebro el padre Mir en la capilla llamada del Cerrito y, embargada de emoción hasta el llanto, renové todos mis votos mientras el señor Ibarra bendecía la Cruz del Apostolado colocada en el atrio de la capilla. Esa Cruz y Santa María de Guadalupe salvaran a México, después me fui a la Colegiata con el deseo de ver con mis propios ojos y gozar la coronación, fue imposible entrar por la muchedumbre de fieles a pesar de horas de lucha y apretones.

El arzobispo de México, en representación del Papa León XIII y, el señor José Ignacio Arciga, arzobispo de Michoacán, en representación del episcopado mexicano, coronaron a la Reina de México. Como estuve presente, al padre Plancarte que me dio los primeros ejercicios espirItuales y que, en medio de tantas penas, había sido el alma de la Coronación. Pues nombrado por la Santa Sede obispo titular de Constancia, el mes de junio, no faltaron terribles intrigas que dieron por resultado la supresión de su consagración episcopal. Me platicaban que mientras la Colegiata estallaba en cánticos y aplausos, el estaba en un rincón bañado en lagrimas.

Ese mismo mes de octubre, partió a Roma el señor Ibarra mientras yo redoblaba mis oraciones y penitencias por el éxito del viaje.

En la audiencia que le concedió León XIII, le hablo con el mayor entusiasmo del Apostolado de la Cruz, el fervor que suscitaba entre los fieles, el incremento de su vida espiritual. El Papa escucho atentamente cuanto le refería el señor obispo.

- La obra es de Dios, le dijo, ve y pide al Cardenal de la Sagrada Congregación de Breves que te despache, yo te concedo todas las indulgencias que deseas.

El 28 de enero de 1896, la Santa Sede concedió la aprobación pontificia del Apostolado de la Cruz. Y dos años después, en un nuevo viaje a Roma, el señor Ibarra alcanzo de León XIII que fuera elevado a archicofradía según Breve del 25 de marzo de 1898. A lo lejos, la Hacienda de Jesús María, la Cruz en lo alto iluminada como un sol de pascua.

regresar
continuación

 

 

| | | |
| | |