CAPITULO XIII

Concepción Cabrera de Armida - Biografía
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FELIZ TRES DE MAYO

- Panchito, Manuelito, Conchita, Nacho, Pablito, vengan todos a conocer a su nuevo hermanito. Los niños se apiñaron alrededor de la cuna, los ojillos inquietos, ávidos. A ver, mamá, quiero verlo. Panchito ya me quito el lugar, no veo nada. Déjame tomarlo en brazos. No, niña, no lo vayas a tumbar. Papá, ponle Federico. Que bonito esta, mamá. Aquel 19 de junio de 1896.

Cada vez que. tengo un hijo, me inunda una alegría como de cielo. Tiene mi misma boca, los ojos son los mismos de mi esposo. Yo no se, desde que viene un hijo, parece que llena la casa y el corazón. Y lo mejor es que a cada nuevo hijo, Pancho y yo nos queremos más y se me avivan las ganas inmensas de ser una madre santa, desde que el niño llorón alborota en la casa. Gracias, señor, tendrá tu nombre, se llamara Salvador. Jesús, Salvador de los hombres, sálvalos.

No se como he podido llevar tres clases de vida: la vida de familia con deberes tan grandes de esposa y madre, criados y casa; mi vida espiritual que me compromete a la oración, la penitencia, la practica de las virtudes, la imitación de Jesús; y la vida de las Obras de la Cruz que suponen una entrega total, el Apostolado de la Cruz, el Oasis, el trato con sacerdotes y obispos, la correspondencia epistolar, las inquietudes y los triunfos. Y todo esto realizado con la mayor prudencia. Ni mamá, ni mis hermanos, ni siquiera mi esposo saben lo que el señor ha hecho en mí, no se imaginan que El me habla, me pide, me impulsa. Los únicos que están en el secreto son el padre Mir y el señor Ibarra.

Nadie se ha percatado tampoco de mis penitencias, los cilicios que use día y noche, la corona de espinas, la oración que practico diariamente tirada sobre un haz de espinas que me penetran la espalda; y luego las penas interiores con que me prueba el señor, la sequedad, la aridez, los escrúpulos, las tentaciones, las dudas terribles, sobre todo la desolación y el desamparo. He martirizado mi cuerpo, Dios ha martirizado mi alma.

Es el precio por extender su reino. La Cruz del Apostolado se levanta en el Sagrario de la Catedral de México y en numerosas diócesis, solo en la capital existen veintidós mil socios.

- Padre Mir, ¿no cree que ha llegado el momento de fundar las religiosas de la Cruz? A mi petición, el padre comenzó luego a escoger entre las socias del Apostolado de la Cruz las que sobresalían por su piedad y virtud y daban al mismo tiempo indicios de vocación. así logro reunir un pequeño grupo de jóvenes a quienes instruía y formaba en la vida espiritual, incluso se pensó que Ana Valdés podría ser la superiora.

A finales de ese año, 1896, el señor me dijo:

- Quiero que pidas ser admitida en la Religión del Oasis, pues aun cuando para mí eres el cimiento, quiero también esta formula exterior.

- Señor, ¿no será esto tan solo un capricho mío, un deseo de realizar lo que tanto he deseado?

- ¿Y quien ha puesto en el fondo de tu alma esta inclinación, este deseo, sino yo?

- Pero, ¿es posible una religiosa casada? ¿Donde se ha visto cosa igual? ¿Como cambias tu las leyes. establecidas?

- Yo soy el dueño de las criaturas y de las leyes. ¿No puedo acaso singularizar a la mas miserable de ellas, si me place? Esto no impedirá que cumplas tus obligaciones de esposa y madre.

- ¿Y cómo llevo ese habito que no me lo vean, mi Jesús?

- Ya pondrás tú los medios, obra con prudencia. - Ay, que trazas del señor.

El 17 de enero de 1897, fiesta del nombre de Jesús, que entonces era movible, me puse el habito que yo misma había hecho en medio de una lucha indecible entre mi indignidad y la dicha tan deseada. Yo que nunca me veo en el espejo, ahora silo use para verme de cuerpo entero vestida de religiosa. Que cosas, Dios mío. Y ser esto una realidad. Me fui a la Colegiata de Guadalupe llevando encima del habito mi vestido de casa y ahí, ante la imagen de María que pintaron los ángeles, el padre Mir me impuso el velo. Que este velo te esconda de toda mirada humana, me dijo el señor, te quiero escondida en Dios. Fue el día mas felíz de mi vida.

Los siguientes días, el señor me hablo varias veces descubriéndome una gracia que deseaba conceder a esta pobre perrilla; gracia a la que yo debía prepararme con purificaciones y desolaciones. Como es Jesús, como poquito a poco va diciendo las cosas. Y uno embobado. Que vivo es.

- Hija mía, te persigue el Verbo.

- ¿Como es eso, señor? ¿Pues que no soy ya tuya y toda?

- Quiero unos desposorios muy altos con tu alma. Purifícate por medio de la crucifixión. Necesito tu voluntad. El Verbo se hizo carne por tu amor. No me niegues lo que te pido.

- Si, Jesús mío, seré toda tuya sin detenerme, ayudada de tu divina gracia, pues veo venirse encima de mi un monte de cruces.

- El desposorio será con el Verbo, porque quiere darte su misma cruz. Serás la esposa del Crucificado. ¿Entiendes ahora?

- Ya no me toques el punto, Jesús, ya te he comprendido. Lo que tu quieras.

Así llego el 9 de febrero. Acababa yo de despertar y estaba todavía el la cama invocando a la Santísima Trinidad.

- Levántate, me dijo Jesús, aquí esta el Padre y el espíritu Santo. Han venido porque quiero presentarles a tu alma como mi prometida.

No pude menos que echarme al suelo y con la frente pegada ahí, humillarme y confundirme sintiendo la presencia de las Tres Divinas Personas.

El arzobispo de México y el Visitador Apostólico Nicolás Averardi aprobaron con gusto la fundación de las Religiosas de la Cruz. Y el dinero para lo que ella suponía? No faltara el señor. Por esos días, como llovido del cielo, llego de San Luis mi hermano Octaviano y, enterado de mis apuros, aunque ignorando el origen de todo esto, se ofreció a acompañar a Ana Valdés para buscar una casa donde se instalara la naciente comunidad.

Ya puedes estar tranquila, me dijo Octaviano, después de ver numerosas casas, por fin encontramos una en el barrio de Popotla, calle de los Tres Árboles numero 24, es una casa sencilla, pero mas o menos adecuada a las necesidades, aunque la renta sea un poco alta, cobran cien pesos al mes. Tampoco te preocupes por los muebles, yo presto el dinero necesario.

También yo debía preparar mi alma para el día grande de la fundación, y así hice unos ejercicios espirituales de mes; el señor, por su parte, me preparó con unas desolaciones espantosas, desamparos crueles, luchas mil y horribles oscuridades que me llenaron por aquel tiempo. Padre, Padre, mírame, por que me has abandonado?

- Sufre, hija mía, mi religiosa, sufre este martirio que yo permito, pobrecita. Pero entonces, ¿cómo se fundaría este asilo de pureza?

El 3 de mayo de 1897, fiesta de la Santa Cruz, fue la fecha señalada para inaugurar la nueva congregación. El padre Mir celebró la misa en la Capilla de la Virgen del Perpetuo Socorro, muy cerca de la casa que ocupaba la comunidad. Era una capilla pobre, las paredes de madera, el techo de teja. ahí estuve con mi esposo y mis hijos, muchos padrinos y madrinas y las cuatro primeras postulantes: Ana Valdés, la superiora, María Albarrán, María Álvarez Icaza y Paula Morales.

De ahí nos trasladamos a la Capilla de la Casa que presidía la imagen de la Virgen de Guadalupe y la Cruz del Apostolado. Entonamos el himno del espíritu Santo, luego el Padre Mir nos dirigió una platica en la que explicó los fines de las Religiosas de la Cruz y escuche de sus labios la palabra Oasis, que yo le habla repetido quedito cuando el señor la dijo; el Oasis que será mas que un consuelo, el descanso del Corazón de Jesús donde reinara la virtud de las virtudes, la caridad. Despues cantamos la letanía en honor de la Virgen de Guadalupe, que es la Patrona del Oasis, para concluir con el himno a la Cruz del Apostolado.

Mientras se cantaba la letanía, hice profesión perpetua de pobreza, castidad y obediencia ofreciéndome como victima para la inmolación que Jesús quisiera. Señor, creo que a tus ojos ya soy religiosa de la Cruz, creo que algún día lo seré también externamente.

Concluida la ceremonia, se sirvió el desayuno. Tuve la dicha de desayunar en la cocina. Oh, si me fuera dado vivir sirviendo a las esposas del señor.

Antes de dejar la casa, sin que nadie se diera cuenta, el padre Mir me impuso aquel Crucifijo sin cruz que yo había comprado en una mercería de San Luis y que siempre llevaba conmigo. Este Crucifijo sin cruz, me explicaba el padre Mir, significa que tú debes ser la cruz donde Jesús viva crucificado, el altar donde continúe sacrificándose para gloria del Padre y salvación de los hombres.

Feliz tres de mayo en que nació para la Iglesia el Oasis del señor, el descanso del Amado, el Nido del espíritu Santo. Tenia yo entonces 34 años de edad, 12 de casada, 6 hijos y uno mas en el cielo.
Que alegría el 16 de julio, cuando asistí con mi hermano Octaviano a la toma de habito de las primeras novicias que me recordaron aquella inmensa procesión de personas que yo había visto, años atrás, vestidas con los mismos hábitos y la cruz roja sobre el pecho. El señor Ibarra impuso a las novicias los velos, los anillos y las coronas.

Que santa envidia, señor, tu no me das lo que a estas almas. No llores, me contestó, así conviene, tu también eres mía.

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