CAPITULO XV

Concepción Cabrera de Armida - Biografía
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HUMO DE CUATRO CIRIOS

- Concha, me siento mal, no tengo fuerzas para ir al trabajo.
- Te ves muy irritado, Pancho, debes tener fiebre, no te levantes.
- Me duele todo el cuerpo.
- Y a mí el alma de ver como estas. Ya llevas tres días así. A ver que dice el medico ahora que venga.

- Es tifo, señora, hay que tener mucho cuidado.

- Señor, entreveo que me pides el sacrificio de la vida de mi marido. Mi amor por el se agiganta, nunca lo había querido tanto como ahora. Ha sido modelo de esposo, de padre, de caballero, fino y delicado conmigo, cumplido en sus deberes de hogar, honrado en sus negocios. Siento que no tengo cabeza, solo tengo corazón. Y mi corazón se despedaza de pena y aun de remordimiento por haberle guardado el secreto de mi espíritu.

- Concha, ¿donde andabas?
- Fui a comulgar, pero ya sabes que no me separo de ti ni de día ni de noche. ¿No quieres confesarte y recibir a Nuestro señor?

- Don Pancho, ¿como sigue usted? Soy el padre Laureano Veres, jesuita. Algunos de sus hijos estudian en nuestro colegio de Mascarones, son unos muchachos excelentes, siempre obtienen premios y las mejores calificaciones. aquí le traigo al Santísimo para que lo conforte.

- Gracias, padre, quiero hacer confesión general y ofrecerme a la voluntad de Dios. Lo que El quiera.
- Vengan, hijos, su papá va a recibir el Viático; hínquense todos con mucha devoción. Tu, Pedrito, vente aquí conmigo.
- Alma de Cristo, santifícame. Cuerpo de Cristo, sálvame. Pasión de Cristo, confórtame. En la hora de mi muerte, llámame. Y mándame ir a ti.

- Concha, quiero dar la bendición a cada uno de mis hijos. Levántame a los mas chiquitos para poder bendecirlos. Te encargo mucho a Pedrito.
- Pancho, dame a mi la bendición y perdóname por lo que te hubiera ofendido.
- No tengo nada que perdonarte, siempre fuiste una esposa ejemplar. Tu eres la que debes perdonarme; bendíceme.
- ¿Que quieres de mi, Pancho?
- Que seas toda de Dios y toda de mis hijos. Te dejo el fruto de mi trabajo que, aunque es modesto, será suficiente para la educación de los niños. Panchito te ayudara, ya ves como ha empezado a trabajar con entusiasmo en la Casa Boker. Si alguno de mis hijos tuviera vocación religiosa, jamás te opongas a ella. Dios quiere que en adelante seas padre y madre a la vez.

- Niños, no estén entrando y saliendo de la pieza, ¿no ven que martirizan el corazón de su padre cada vez que los ve? Váyanse al patio y no hagan ruido.

- Concha, ven.

-Aquí estoy a tu lado, ¿que quieres? Pancho, Pancho, dime que quieres. Dios mío, ha perdido el conocimiento.

- Hija mía, escoge, o tu esposo o yo.

- Los dos, Señor. Yo quiero a los dos. Ya ves que mi esposo no me estorba para amarte. Mira a mis hijos todavía tan pequeños. (Levante los ojos al Crucifijo que presidía la pieza). A ti te prefiero, señor, lo que tu quieras. Tan solo ten misericordia de mi.

- Concha, ¿donde estas?
- ¿Me oyes, Pancho? Bendito sea Dios que recobraste el conocimiento.

- Si, ayúdame.
- Voy a rezarte la oración de los agonizantes y la recomendación del alma. Repite conmigo. - Jesús, creo en ti.

- Jesús, creo en ti.
- Espero en ti y te amo.
- Espero en ti y te amo.
- Panchito toma el Crucifijo y acércalo para que lo vea tu papá.
- En la hora de mi muerte, llámame.
- Señor, tú me lo diste, tú me lo quitaste. Se fue en una semana.

Soy una pobre viuda con ocho hijos, el mayor de 16 altos, el menor aun no cumple tres. Vengan, hijitos, prometan a Dios que serán tan buenos cristianos como lo fue su papá. Panchito, tú y yo vamos a amortajarlo con este habito franciscaño.

17 de septiembre de 1901. En el buró, las ultimas medicinas. En el techo, las seriales de humo de los cuatro cirios.


EL ENCUENTRO

- ¿Quien confiesa en este confesionario? - El padre Félix.
- EI padre Félix es el superior?

Ayer en la tarde alguien me dijo que aquí, en la Iglesia de Nuestra Señora de Lourdes, que conocemos por su antiguo nombre de Colegio de Niñas, vivía un sacerdote de muy buen espíritu y enseguida, no se cómo me entraron ansias de venir a buscarlo y hablarle de las Obras de la Cruz. Me habían dado otro nombre y, para no equivocarme, volví a preguntar al sacristán.

- ¿Esta usted seguro que es el padre Félix?
- Si, señora.
- Dígale por favor que deseo confesarme con el.

Ese 4 de febrero de 1903 había ido muy tempraño a confesarme a la iglesia de Santo Domingo para que se me quitara la tentación de hacerlo en el Colegio de Niñas, pero el ansia me crecía. Luego fui a visitar a mamá y con el pendiente de una de las niñas que tenia enferma, compre unas cucharadas en la botica y tome el tranvía para regresar a casa. Pero al pasar frente al Colegio de Niñas, me baje sin mas. ¿Me confesare de nuevo? Pero si ya me confesé en la mañana, no vaya yo a abusar de los sacramentos. ahí viene el tranvía. Mi hija sigue enferma. Mejor me voy. No, entro, me confieso y me marcho rápidamente a casa. La iglesia, a las 10 de la mañana, estaba sola.

El padre Félix se disponía a salir a la calle. Quería irse y se devolvía. Tal vez algo se le olvidaba. Pero no. Tres veces había intentado salir y como si algo lo detuviera. Por esos días estaba haciendo una novena de misas al espíritu Santo para que le descubriera un campo de mayor perfección.

- Padre Félix, una señora desea confesarse con usted.

El padre Félix de Jesús Rougier tenia entonces 44 años. había nacido en Francia en 1859, hijo de una familia de agricultores fuertes, laboriosos y cristianos, como la brava gente de Auvernia.
Con el deseo de ser misionero en Oceanía, ingresó a la Sociedad de María cuando frisaba en los 20 años. había sufrido mucho de un brazo con temor de perderlo; pero, estando en Tolón donde estudiaba Filosofía, conoció a Don Bosco, lo bendijo y quedó curado. Ordenado sacerdote en 1887, se consagró a la enseñanza de la Sagrada Escritura en el escolasticado que los padres maristas tenían en Barcelona. En 1895, los superiores lo enviaron a Colombia donde estuvo 6 años dirigiendo los colegios para niños y jóvenes que la Sociedad de María había fundado en Neiva e Ibagué y desbordándose afanosamente en la vida parroquial, en la ayuda a los pobres y a los encarcelados y aun como capellán militar en la guerra civil. El 17 de febrero de 1902 llegó como superior de la comunidad de padres maristas y párroco de Nuestra señora de Lourdes, que era la parroquia francesa de la ciudad de México.

- ¿Es usted el padre superior?
- A sus órdenes, señora.

Me confesé brevemente con el y enseguida le hable...

- Comenzó a hablarme de mi alma, segura de si misma y como si Nuestro señor la impulsara, diciéndome lo que en mi no le gustaba, sin haberme conocido nunca, y algunas otras pocas cosas que le gustaban. sentí en mi alma claramente la verdad de lo que me decía. Me descubrió todos los pliegues y repliegues de mi alma, las gracias que yo había recibido, los abusos que de ellas había hecho, me reveló mis pensamientos y me dijo que era necesario salir del letargo espiritual en que me encontraba y darme decididamente al servicio de Dios mediante una vida nueva. Yo estaba admirado, estupefacto, indeciblemente conmovido. Entonces comenzó a hablarme de las Obras de la Cruz, del Apostolado de la Cruz para todos los fieles, y de las Religiosas de la Cruz del Sagrado Corazón de Jesús, contemplativas que adoran al Santísimo Sacramento día y noche y ofrecen su vida por la Iglesia, especialmente por los sacerdotes.

- ¿Hay una congregación de hombres?

- No, padre, pero la habrá. Hágase santo. Me voy; hemos hablado dos horas, ya lo habré cansado.
- A mi no me cansa jamás hablar de Dios. Le ruego que me de su dirección para ir por el libro sobre el Apostolado de la Cruz, a ver si es posible establecerlo en mi iglesia. Lo que es para gloria de Dios, me gusta hacerlo pronto.

Yo la verdad me resistía a darle la dirección de mi casa, pero como el padre insistió muy políticamente, al fin se la di aunque me equivoque en el numero.

Salí de la iglesia admirada de mi misma al ver el fuego que el señor había puesto en mis palabras. Estaba segura de que el padre Félix había quedado tocado por Dios en lo más hondo de su alma y que le daría mucha gloria con sus obras. Nunca había encontrado una materia tan dispuesta, una correspondencia tan pronta, un poder de la gracia tan grande. Sentía yo que acababa de nacer una nueva alma para las Obras de la Cruz.

A media tarde de ese mismo día, preguntando por aquí y por allá, acertó el padre Félix con mi casa de la Calle de Alzate.

- Soy el padre Félix.
- A mi me llaman Concha. Ando de luto por la muerte reciente de mi esposo. Estos son mis hijos. Pancho de 18 años que trabaja; Manuel, Conchita, Nacho, Pablo y Salvador que estudian; Lupe y Pedrito que solo saben jugar y comer. Carlitos que fue el segundo de mis nueve hijos, murió muy pequeño. Y esta es su casa, como decimos los mexicanos, tome usted posesión de ella.

Hablamos largo y tendido del espíritu de la Cruz. A mi me impresiono la estatura y la complexión robusta del padre Félix, sus cejas pobladísimas, los ojos dulcemente azules, la bondad de sus palabras, el equilibrio de sus juicios, sus manos posándose sobre la cabeza de mis hijos. Ven, Pedrito, para que el padre lo bendiga, no te llenas de jugar, con las palomas.

El 2 de marzo me dijo el señor: Quiero que el padre Félix funde el Oasis de hombres. A mi me parecía un imposible por tantas dificultades que había que salvar.

-¿Por que temes? ¿Que no sabes que Yo todo lo puedo? Nada se hará torcido. Se acudirá a su padre general y se realizara mi voluntad por medio de la obediencia.

¿Pero no estaré yo equivocada, no engañaré a mi vez al padre Félix, siendo yo responsable de su vocación? Me atreví a sondear sus disposiciones.

- Padre, ¿estaria usted dispuesto a sacrificarse por las Obras de la Cruz y dar su vida por ellas, aun a costa de que sus hermanos maristas pudieran juzgarlo por crédulo y lo estimaran menos?

- Con la ayuda de Dios, estoy dispuesto a todo.
Días después, el 7 de abril, yo estaba cosiendo en mi pieza y Pedrito sentado junto a mi.
- Mamá, quiero ir a jugar al patio.

Conchita lo bajó de la silla y el niño salió corriendo. Minutos después alguien gritaba.
- Pedrito esta en la fuente.
Salí corriendo de la pieza mientras los niños me rodeaban con unos grandes ojos de susto.
- Si, mamá, se cayó en la fuente, ahí esta.

Lo saque empapado, muerto. Me sentí enloquecer. Dios mío, acaso uno de mis hijos lo aventó al agua y es un homicida, acaso yo misma lo descuide y soy la culpable. Tanto que me lo encargó mi esposo en sus últimos momentos. Cuídame a Pedrito. Tenia apenas cuatro años.

Lo vestí de blanco, llene su cajón de flores y de lágrimas. Me acorde que el día de su nacimiento, yo le había dicho a Dios: Oh, si este niño llegara a ser útil a la Iglesia.

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