CAPITULO XVI

Concepción Cabrera de Armida - Biografía
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A OSCURAS

Acababa yo casi de enviudar en 1901, cuando los superiores enviaron al padre Mir a la ciudad de Oaxaca con la orden de que no interviniera en el Oasis ni se comunicara conmigo. Sin embargo, me daba cuenta que la superiora, que era la hermana Julia Navarrete, no hacia ni la menor cosa sin la voluntad del padre con quien había hecho causa común; que las religiosas por falta de libertad de conciencia sufrían una presión terrible, un imperio como de hierro, y que mi presencia en el Oasis no era bien vista.

Además, el padre me exigía que solo a el le diera cuenta de conciencia y que le escribiera con la mayor reserva sin que nadie se percatara.

Atravesaba yo por un callejón sin salida luchando entre la obediencia y la rectitud. Pues por una parte sentía que no era correcta esa dirección clandestina y, por otra, no podía consultar a nadie por saberme ligada por un voto que me obligaba con mi director hasta la muerte. Tampoco dejaba de comprender y agradecer el bien inmenso que el padre Mir había hecho en favor de las Obras de la Cruz y de mi alma durante diez años en que venia dirigiéndome. Esta situación, que se había agudizado a lo lardo de año y medio, fue uno de los mas grandes martirios de mi vida.

No me quedaba mas que sufrir en silencio y confiar en Dios. Por eso resolví, en 1903, hacer unos ejercicios espirituales sola para pedir al Espíritu Santo que me iluminara.

En abril de ese mismo año, el padre Félix se traslado a la residencia de los maristas en Oaxaca para hacer unos ejercicios espirituales como preparación al voto de estabilidad en la Sociedad de María, voto que no emitían todos los maristas, sino solo aquellos que así eran distinguidos por los superiores. Precisamente el padre Mir dirigió estos ejercicios.

Aunque el padre Félix no tenía ninguna duda de su nueva vocación, consulto el caso con el padre Mir, y ambos convinieron que la voluntad de Dios era que el padre Félix fundara la Congregación de los Religiosos de la Cruz. El padre Mir escribió a la superior a del Oasis diciéndole que podía aceptar al padre Félix como director de la comunidad. La superiora a su vez, comunicó esta decisión al padre Félix.

- Solo puedo aceptar el nombramiento si me lo otorga el señor arzobispo de México, que es el legítimo superior, puesto que el Oasis es un instituto de derecho diocesano. No quiero entrar por la ventana sino por la puerta.

Enterado el padre Mir, ordenó a la superiora que no dejara entrar a la casa ni al padre Félix ni a mí y, en carta que me envió por esos días, me hablaba contra el padre Félix, me amenazaba con que podía perderme si no me apartaba de el y me prohibía presentarme en el Oasis.

- Padre Félix, ¿que debo hacer? ¿Cual es la voluntad de Dios?

- El voto que usted hizo de no cambiar de director es nulo, pero para mayor seguridad consultare con cuatro teólogos. Todos fueron del mismo parecer, el voto no me obligaba.

En esos días vino a visitarme el señor Leopoldo Ruiz, obispo de León, para invitarme a participar en unas misiones que daría en Las Mesas de Jesús, hacienda de mamá, que pertenecía a su diócesis.

- Usted podrá ayudarnos mucho en la catequesis. También he invitado al padre Félix y al padre Ramón Prat, provincial de los Claretianos, que es confesor de las Religiosas de la Cruz.

Agotada y enferma, el 1 de junio emprendí el viaje solo por complacer al señor obispo, pues mi salud andaba por los suelos. ahí en la hacienda, los cuatro hablamos largamente de las Obras de la Cruz, de sus problemas y proyectos. Confié al señor obispo todas mis dudas y penas, le abrí mi corazón.

- En nombre de Dios y por obediencia, cambie de director y póngase bajo la dirección del padre Félix. En estas misiones, usted y yo hemos observado sus virtudes.

Así lo hice el 11 de junio en que entregue al padre Félix esta carta: Hoy, solemnemente, delante de mí Jesús, renuevo la entrega total de mi alma a su dirección. Le pido por caridad que se sirva recibirla para santificarme. Me pongo en sus manos como un poco de barro vil para que me forme en el horno del divino amor. Usted sabe más que yo lo que el señor quiere de mí. Es indispensable que usted me haga santa.

Según lo que habíamos convenido, el señor Ruiz hablaría con el arzobispo de México para ponerlo al tanto de lo que ocurría en el Oasis y de la necesidad de cortar toda relación entre la superiora y el padre Mir. Pero la superiora se adelanto pidiendo al señor arzobispo que retirara del Oasis al padre Félix y al padre Prat. Enseguida me escribió a la hacienda: No vendamos al padre Mir a quien debemos tanto bien. Esto va a parar en un cisma.
Me estrujaron estas dos palabras, cisma y traición. Cisma no, señor, no lo permitas por piedad. Y traición, que remordimiento de ser ingrata con el padre Mir.

El 23 de junio, el señor Ruiz hablo con el señor arzobispo que se quedo aterrado al conocer la verdadera situación que sufría el Oasis. Para poner remedio inmediato, nombro director espiritual de la comunidad al padre Félix y dispuso que las religiosas eligieran nueva superiora. Pero la nueva superiora siguió el mismo camino que la anterior.

Estallo la guerra contra el padre Félix a fin de desacreditarlo, aun con graves calumnias, ante las religiosas de la Cruz, ante los superiores de la Sociedad de María y ante el señor arzobispo, quien el 9 de julio le prohibió pararse en el Oasis.

Una semana antes, yo había llegado de la hacienda directamente a la cama, muy enferma del corazón. Sin fuerza ni para los más sencillos quehaceres de casa, sufría por ver tristes a mis hijos y por la pesada cruz que con tanta fortaleza y generosidad soportaba el padre Félix.

La noticia me llego como una puñalada. De las 21 religiosas que formaban el Oasis, 14 solicitaron dispensa de votos, solo 7 permanecieron fieles a su vocación. El 21 de junio, el señor arzobispo concedió la dispensa y nombro superiora interina a mi prima Ana de María Cabrera.

No hay más que adorar los designios de Dios, me escribía el señor Ruiz. Ya ve usted como ellas mismas se precipitaron sin necesidad de indicación alguna. No deje de mirar al cielo, no aparte su mirada de Jesús Crucificado. Por mi parte, cuente con que le ayudare en todo, suceda lo que sucediere. Y en dado caso, esta a sus ordenes mi obispado para recibir a las religiosas.

- La casa es mía, alego la exsuperiora al señor arzobispo. Vea Su Señoría donde pone a las 7 que no quieren quedarse conmigo.
- Ilustrísimo señor, explico Ana de María, tanto otras personas como yo tenemos derecho sobre la casa por haber contribuido a comprarla.
- Encargare al licenciado Monterrubio que tome los informes pertinentes, concluyo el señor arzobispo.
El día 22 me levante como pule y me fui al arzobispado. Dos cargadores me ayudaron a subir la escalera. (En una noche oscura con ansias en amores inflamada oh dichosa ventura salí sin ser notada.)
- Mire, señora, como no tengo donde poner a las 7 religiosas, estoy dispuesto a dispensarles los votos y suprimir la congregación. Ya estoy cansado de tantas dificultades.
- Señor arzobispo, le suplique poniéndome de rodillas, no lo haga por amor de Dios. Yo no tengo dinero, pero me comprometo a buscar la casa y pagar la renta pidiendo ese favor a mi hermano Octaviano.

- Me parece bien, hágalo usted. Pero si de la investigación que realice el licenciado Monterrubio, resulta que la exsuperiora no compro la casa, entonces la excomulgo.
- No, señor, exclame sin querer.
- Con usted no se puede tratar, usted es una ilusa.

Llegue a casa como pude. ahí, en la soledad de la capilla, agradecí al señor esta humillación. Ilusa. ¿Por que no ha de ser esto verdad? Bendito sea Dios que me abre los ojos. ("El rostro recline sobre el Amado dejando mi cuidado entre las azucenas olvidado").

Aunque la casa estaba a nombre de la exsuperiora, en realidad se había adquirido con donativos de diversas personas y, por lo mismo, era propiedad de la congregación. Por amor a la paz, se convino en que las disidentes se quedaran con la casa y los muebles. Y además se les devolverían las dotes.

Encontré una casa pequeña en la calle del Mirto número 3 a donde se trasladaron las religiosas. No tenían sino la ropa de use personal, unas camas viejas, unas cuantas sillas, muchas deudas y solo diez pesos en caja.

Deje mi casa en la calle de Alzate, y me fui a vivir al otro lado de las religiosas, calle del Mirto numero 1, para amparar al pequeño y destrozado Oasis, mientras las murmuraciones y los comentarios desfavorables surgían y rodaban en todas partes, incluso entre mis propios familiares. Me señalaban con el dedo, dudaban de mi espíritu, me juzgaban loca, unos me tenían miedo y otros lastima. Ilusa. Usted es una ilusa.
("Ni yo miraba cosa sin otra luz y guía sino la que en el corazón ardía").

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