CAPITULO XIX

Concepción Cabrera de Armida - Biografía
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LOS LARGOS CAMINOS

- Mire que sorpresa, padre Ruiz, he recibido carta del padre Félix. Usted, como mi director que es, me dirá si la quemo, la rompo o la leo.

- Léala, le doy permiso que la lea.

- Estimada Concha, en estos cinco años que llevo en Barcelona, he trabajado quizá con exceso para no pensar en mi gran preocupación. Soy profesor del colegio de niños que tenemos los maristas para los hijos de las familias francesas que viven aquí; confieso a varias comunidades religiosas tratando de empujarlas a mayor perfección y atiendo la dirección espiritual de las asociaciones establecidas en nuestra capilla. Últimamente me he sentido muy débil, con un pulmón congestionado que me obliga a pasar el día tendido en un sofá, el medico no me permite hacer nada. En cuanto a la fundación de los Religiosos de la Cruz, estoy siempre en las mismas disposiciones; pero no daré un paso, como usted misma me lo recomendó tanto, sin la bendición y completa aprobación de mis superiores.

El señor Ibarra, que ha vuelto a entregarse a las Obras
de la Cruz con el mas fervoroso entusiasmo, vino a platicar conmigo.

- Como en Roma están enterados de las revelaciones que usted ha tenido, he pensado suplicar al nuevo arzobispo de México, el señor José Mora y del Río que llego a su sede el 11 de febrero de 1909, nombre sacerdotes competentes para que examinen su espíritu y sus escritos, de manera que si esas opiniones fueran favorables, se comuniquen a la Santa Sede. ¿Que piensa usted?

- Con vergüenza y todo, estoy incondicionalmente a la disposición del señor arzobispo. Si las cosas no son del Señor, voltearemos la hoja; y si son, que se cumpla su voluntad y que la atiendan los que pueden.

- También le ruego que vaya usted cuanto antes a ponerse a las órdenes del señor arzobispo.

El señor Mora me recibió muy finamente.

- En mi nombre, me dijo, van a examinarla a usted los padres Ipiña y Mayer, jesuitas, Daydi, de la Congregación de San Vicente de Paul, y Félix Alejandro Cepeda, misionero del Corazón de María; todos buenos teólogos. Si posteriormente se necesita algo mas, la llamare a usted.

Estaba yo en capilla, temblando de susto al figurarme esos exámenes. Seré sencilla y clara, lo demás se lo dejare a Dios. Los examinadores entregaron por escrito su dictamen al señor Mora. Todos eran favorables.

- Concha, me anuncio alborozado el señor Ibarra, tengo todo dispuesto para que las Religiosas de la Cruz establezcan una comunidad en mi ciudad episcopal de Puebla. Uno de mis sacerdotes, el padre Cedeño, cedió su casa; yo mismo he arreglado la capilla y he comprado el altar, ya vera usted que hermoso quedo todo. Porque usted tiene que estar en las ceremonias de la fundación.

El 18 de junio, el señor Ibarra celebró la misa rodeado de las siete religiosas fundadoras. A la hora del sermón, intentó tres veces hablar, pero se le hacia un nudo en la garganta y al fin no pudo decir nada. Yo estaba también con otro nudo. Después supe que en la misa, sintió que el señor le pedía que fuera religioso de la Cruz y el se ofreció a serlo con entrega total. El 15 de agosto hizo en privado los tres votos y, desde ese día, bajo su sotana episcopal, llevó el hábito de los futuros Religiosos de la Cruz. Distribuyó sus bienes a las Conferencias de San Vicente de Paul y vivió pobre hasta su muerte.

Aprovechando mi breve estancia en Puebla, me examinó también el padre Voltas, claretiano, que ya conocía mis papeles y tenía varias dudas. Después de numerosas preguntas y aclaraciones, me aseguró que mi espíritu era de Dios.

- ¿Por que lo cree así, padre Voltas?

- Porque usted es sencilla, tiene celo por la gloria de Dios, no es nerviosa y esta dispuesta a dejarlo todo si la Iglesia lo dispusiera. Entregare mi dictamen al señor Ibarra y lo haré llegar a Roma.
Los prelados mexicanos no escatimaban esfuerzo alguno, ni tramite, ni ocasión, para acelerar la fundación de los religiosos. El 15 de octubre, enviaron una petición al Santo Padre, firmada por los arzobispos de México, Puebla y Linares, a donde había sido trasladado el señor Leopoldo Ruiz en 1907.

El 24 de octubre nacía la tercera de las Obras de la Cruz. Me dijo el señor:

- Quiero una asociación o liga de personas seglares. Muchas almas hay que, anhelando la perfección, no pueden ser religiosas. y lo serán en su casa, en el ambiente en que se desenvuelven, almas que busquen santificarse según el espíritu de la Cruz. Quiero hacer renacer el fervor de los primeros cristianos. Muchos son los dispuestos que esperan esta gracia, este sacudimiento espiritual.

- A mi lo que no me gusta es el nombre de liga, me parece de masones. Dame otro nombre muy bonito.

- Alianza de Amor con la Cruz del Sagrado Corazón.

- Te gusta?

- Si, me encanta. Alianza de Amor, es como un pacto con tu cruz.

- Te voy a decir una cosa, tu serás también madre de esta alianza. Comunica esta mi voluntad, que tu eres el conducto del que me valgo para mis altos fines.

Así lo hice enseguida. El señor Ibarra aprobó la Alianza para su arzobispado de Puebla y el señor Mora autorizo que se inaugurara en el Oasis de México el 30 de noviembre. Cinco días antes, había partido para Roma, bastante enfermo, pero colmado de esperanzas, el señor Ibarra. ¿Los motivos del viaje? La fundación de los religiosos, la aprobación de las constituciones de las religiosas, la extensión para todo el mundo del Apostolado de la Cruz y el logro de indulgencias para la Alianza de Amor.

A partir del 9 de enero de 1910, empezaron a llegar de Roma, una tras otra, las buenas nuevas. Cables y cartas del señor Ibarra nos inundaban de alegría. El Papa Pio X escucho amablemente el informe que le rindió sobre las Obras y prometió que todo se arreglaría. El Cardenal Vives nombrado protector del Apostolado de la Cruz. Concedido el "Decreto de Alabanza" a las Religiosas de la Cruz con lo que la congregación se consideraba ya de Derecho Pontificio. Concedida la licencia para la fundación de los sacerdotes de la Cruz. Me enfrié, no se que sentí, presa de la mas fuerte emoción, me moría de dicha, loca de gozo. ,Era posible que yo viera realizados los planes de Dios sin merecerlo? Quería ser toda boca y corazón para agradecer y alabar a Dios. Y todavía un favor más, el Papa me concede emitir mis votos de pobreza, castidad y obediencia como religiosa de la Cruz en artículo de muerte. Cómo explicar con palabras mi dicha y mi gratitud.

Y de pronto, la Santa Sede suspende la fundación de los religiosos. ¿Por que, Dios mío? Todo iba bien hasta llegar a su felíz termino.

Sucede que el Cardenal Vives había ordenado al señor José Ridolfi, Delegado Apostólico en México, que levantara una información con el parecer de personas calificadas. Así lo hizo en enero de 1910. Pidió por escrito su parecer a once personas, incluidas algunas que se oponían a las Obras de la Cruz, pensando que así la información seria mas completa. De esos testimonios, ocho fueron favorables y tres radicalmente adversos, el del señor José María de Jesús Portugal, obispo de Aguascalientes, el de una religiosa y el del padre Mir.

Al enterarse el señor Ridolfi que la Santa Sede había otorgado el permiso de la fundación de los religiosos sin haber recibido el resultado de la información, lo envió luego añadiendo su propio parecer, que era favorable, y señalando algunas precauciones que deberían tomarse en cuenta.

- Como en esta información, me contaba el señor Ibarra, se aludía a las revelaciones que usted ha tenido, la Santa Sede suspendió la licencia de la fundación, no obstante que yo había hablado de ellas con el Cardenal Vives sin ocultar para nada la verdad. Entonces escribí al Papa una carta muy filial en la que insistía respetuosamente para que el asunto de la fundación se considerara solo por sus propios convencimientos, sin atender a su origen extraordinario, y así se confirmara el permiso que ya había sido otorgado. El 2 de marzo, el Papa se digno contestarme de su puño y letra: "He leído tu carta, en que te lamentas de que se haya diferido la licencia para fundar la congregación de Sacerdotes de la Cruz; pero te ruego que me dispenses, lo mismo que a la Sagrada congregación de Religiosos, si en asunto tan grave hemos creído que debíamos proceder seriamente antes de conceder la aprobación. Por lo demás, te hacemos saber que pronto se someterá este asunto al estudio de la Sagrada congregación y que con el favor de Dios se resolverá de manera que queden satisfechos tus deseos y los de tus hermanos obispos. Ten buen animo, porque una obra agradable a Dios, aun cuando este rodeada de dificultades, no será vencida jamás por ninguna oposición". Le ruego, como así lo ordena el Cardenal Vives, que mande usted sus manuscritos para que los examine la Santa sede. El examen será largo y laborioso, como el camino de la Cruz.

Como me quedaría desolada al tocar la realidad de las esperanzas fallidas. Y aunque dispuesta a obedecer hasta el martirio, era para mí un enorme sacrificio enviar los manuscritos, todas estas cosas que forman el secreto de mi vida. Pero siendo la voz del Papa la voz de Dios, lo hice de inmediato. El 19 de marzo se fueron mis papeles a Roma.

Nuevamente lo confirmo, yo soy el tropiezo de la gloria de Dios. Si de Roma resuelven que merezco la Inquisición, si me dicen que soy una ilusa, lo creeré sin vacilar. Dios mío, que a mi me echen al muladar, pero cuida tus obras, que no se manchen con mi contacto.

Agobiada con tantas penas, yl en cama muy enferma del corazón, por eso hasta el 30 de junio pude ir a Puebla a saludar al señor Ibarra después de casi siete meses que había durado su viaje. Me sentí otra, puso mi alma en paz. Me confió que había pedido al Santo Padre que le permitiera renunciar al arzobispado, le dijo que continuara en su cargo, pero que desde ese momento lo recibía y aceptaba como el primer religioso de la próxima fundación.

Del arzobispado me fui a los portales de la Plaza de Armas a comprar unos dulces para mis muchachos. Ya parece que los oigo:

- Mamá, nos trajiste camotes de Puebla, ¿verdad?

 

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