CAPITULO XX

Concepción Cabrera de Armida - Biografía
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MIS MUCHACHOS

Hoy es la boda de mi hijo Pancho y Elisa Baz. Me siento muy apachurrada. Se va el hijo que tanto ame, el que ha sido mi consuelo desde que murió su padre por ser el mayor, el que me ha ayudado con la familia, el ejemplo de sus hermanos. Dios mío, que no llore donde me vean. Te arreglas muy bien, insistían mis hijos. Válgame Dios, yo sin saber que ponerme. Me vestí y peine temprano. Le di la bendición a Pancho que se echo a llorar pidiéndome perdón. Y esta otra bendición es a nombre de tu padre.

La iglesia de Santa Brígida estaba preciosa, cuajada de flores y de luces, la música conmovedora. Yo entre con Pancho a dejarlo al altar, a entregárselo a Jesús tan puro como El me lo dio. Que pocas madres tendrán esta dicha. Los caso con mucha solemnidad el señor Ibarra, les dijo una plática hermosísima, llena de unción. Luego celebró la misa mi hermaño Primitivo, jesuita.

Comimos en casa de Elisa y, después del matrimonio civil, siguió la fiesta familiar con cantos, piano y recitaciones. Pancho y Elisa se arrodillaron para que los bendijera. Los abrace con toda mi alma, y, entre sollozos, los despedí a la puerta de la casa.

- Pancho, llévate esta carta que te he escrito, ya la leerás cuando estes con calma.

Se van a Europa, tienen una ilusión de ver al Papa en Roma.

- Agosto 2 de 1910. Hijito mío muy querido: Has sido un hijo modelo. Espero que serás un esposo tan cristiano, digno, amante y noble como lo fue tu padre, así harás verdaderamente felíz a tu joven y excelente esposa que con tanta bondad y amor primero, va a unir su suerte con la tuya.

Evita cualquier disgusto y procura conservar la paz de tu casa y con su familia, no se te haga pesado ningún sacrificio. Vale mas doblegarse que romperse. Con prudencia y educación y cierta condescendencia, evitaras muchos males.

Domina a tu esposa con dulzura, prefiriendo el convencimiento y la razón a la fuerza y autoridad que resfrían, y piensa que en el matrimonio es muy peligroso apagar la llama del amor, del respeto y de la estimación. No lleves con frecuencia amigos a tu casa, pero tampoco caigas en el odioso papel del celo, porque los maridos desconfiados honran muy poco su dignidad.

Con la familia de tu esposa, nunca uses de familiaridad: una estimación sincera, digna y siempre igual, evitando disgustos aunque tengas que sacrificarte. No tengas nunca para Elisa palabras duras, menos, ofensivas; cuando estos violento, calla en los primeros impulsos, y nunca te arrepentirás. Concurre a las diversiones honestas y siempre con tu esposa.

Cuando este enferma, no la dejes por los amigos; estos compromisos le dolerían mucho, aunque tenga la prudencia de no decírtelo. Te diré que ya en el matrimonio, aunque hay o es necesario tener sociedad, es mas el amor del hogar, hacerlo amable, sembrarlo de flores, estudiarse mutuamente el carácter y dedicarse a los hijos sacrificándose.

Nunca gastes más de lo que tienes, siempre menos. La economía evita en los matrimonios muchas penas. Tampoco seas nunca un avaro; un justo medio, conservando la posición decente y decorosa, evitando el lujo aunque llegaras a ser rico. Que los pobres Sean uno de tus gastos ordinarios, y Dios nunca te faltara.

No dejes a tus hermanos si yo falto; ve por ellos como veía su mismo padre a quien tú has representado, mira por su porvenir y mas por sus almas. Perdóname, hijito, todos los malos ejemplos que te haya dado, y no los sigas.

Yo tendría mucho gusto en que este día tan felíz en que Dios va a bendecir tu unión por medio de un santo que mucho te quiere, que usaras ese reloj que trajo tu papa hasta el último día de su vida, recíbelo como obsequio mío y de mucho valor por los recuerdos que encierra. Se, pues, dichoso en tu matrimonio y tu serás siempre que cumplas la voluntad de Dios y la lleves en medio de tu corazón. Tu pobre madre que te bendice, Concepción".

Hoy 17 de septiembre, amanecí preocupada pensando que mi Pedrito no estaría en su sepulcro del camposanto del Tepeyac. Como no lo enterré a perpetuidad y han pasado siete años desde que se ahogo, sin duda habrían arrojado el cadáver a la fosa común. Ay, y teniendo madre. Me fui al camposanto sin dilación; el monumento de Pedrito estaba arrasado; con remordimiento y ternura ofrecí a la Virgen María el sacrificio de no hallarlo. Me dirigí al osario y donde voy encontrando el cajón con los restos de mi hijo que estaban a punto de echarlos confundidos con los demás.

Al abrir el cajón, lleve una impresión terrible, voy viendo unos huesos entre una especie de lodo café y negro. Tome la cabecita para transladarla al cajón nuevo y se le cayeron las quijadas y se salió el pelo que le quedaba. Era mi hijo tan hermoso y ¿en que quedo? Que meditación de la muerte tan al vivo. Deposite los restos en la Capilla del Cerrito a los pies de la Virgen de Guadalupe.

Día feliz este 23 de octubre. todavía estaba oscuro y yo andaba levantando a los muchachos.

- Vámonos pronto al Oasis; hoy es la profesión religiosa de su hermana Concha.

- Mamá, ¿no nos habías dicho que ya no se llama Concha?
- Su nombre de religión es Teresa de María, en honor de Santa Teresita del Niño Jesús.

En una ceremonia tierna, impresionante, presidida por el señor Ibarra, Dios me concedió oír a mi hija que pronunciaba los santos votos que la ligan a la congregación de la Cruz.

- Concha, hija de mi alma, por tantas lagrimas que me has costado, te encargo que seas generosa y no ruin ni medida con quien dio su sangre por ti. Dios te ha dado un corazón puro para amar con todas tus fuerzas al que es el Amor.

- Llegaremos el 5 de enero de 1911 en el Vapor Champagne. Tus hijos Pancho y Elisa.

Que alegría, después de cinco meses de no verlos. Fui a recibirlos al puerto de Veracruz. El mar. Conocí el mar. Oh, que belleza. Yo no hacia mas que alabar el poder de Dios, rezar en la playa, invitar a las olas y a los peces que se unieran a mi oración.

- Mamá.

Pancho no pudo decir mas, lloraba de emoción. Pero después. Después no acababa de platicarme el viaje, la impresión que le causaron las Catacumbas de Roma, la gruta de Lourdes con la imagen blanca y azul de Nuestra Señora, la basílica de San Antonio de Padua, resplandeciente de mármoles. Mamá, creo que te va a gustar, prometí a San Antonio dar a los pobres el cinco por ciento de las utilidades que obtenga en mis negocios.

Pancho y Elisa vivirán conmigo por un tiempo mientras ponen su casa.

Este corazón de madre se me ha despedazado. Nacho tiene tifo. Quise que se confesara luego, recibió el Sagrado Viático y la extremaunción. señor, prefiero verlo muerto que alejado de ti.

-Mamá, ¿a que horas vendrá Jesús? Mándalo traer.
- ¿Le pediste tu salud ahora que comulgaste?
- No, le pedí que se haga su voluntad.

No me despego de mi enfermo, aunque yo también me siento bastante mal. Que noche la del 5 de mayo, Nacho casi agonizo; se le fue el pulso, le dio una especie de ataque, lo ayude a bien morir, fue batallar con el hasta la madrugada. Después de quince días de gravedad, comenzó a recobrarse. señor, ya que fue tu voluntad que me dejaras a mi hijo, hazlo santo, que sepa cumplir los designios que tienes sobre el. Para el día de su santo, Nacho andaba sano y alegre como nunca. Ese día comulgo temprano con su novia, lo festeje cuanto pude y le di sus cuelgas.

Mi hija Lupe me trae muy preocupada, su educación, su formación. No me satisface para su alma el colegio donde estudia, tiene compañías peligrosas y un horizonte de vanidad y orgullo nada propicio para su carácter. Perpleja, sin saber que hacer, me la lleve a Puebla. Yo me hospede en el Oasis donde ahora esta mi hija Teresa y Lupe en el Colegio Teresiano que nunca le ha agradado.

- Mamá, ¿por que no me dejas de interna aquí en el Teresiano?
- Si es por tu bien, quédate aquí, aunque sufra por esta separación.

Dios quiere tener en Puebla a mis dos hijas. Vi a Teresa muy Santa y llena de Dios, muy adelantada en las virtudes, hasta me avergüenzo de ser su madre tan horrible y espantosa.

Esperaba con ansia la llegada de España de mi hijo Manuel, pues todos los jesuitas mexicanos regresan al país a continuar sus estudios.

- Mamá, con esta carta te envío todo mi afecto. Pensando que es conveniente para mi formación, no estar en mi patria ni al lado de mi familia, he pedido al padre Piña, mi provincial, que si es de su agrado, me deje otros tres años en España, y me lo ha concedido. - Querido hijo Manuel, me congratulo con tu deseo v aplaudo tu determinación. Poca es la vida para sacrificarse por Jesús. Si esa fuera su voluntad, nos veremos hasta el cielo.

Como en diciembre están de vacaciones Salvador y Lupe, no he podido negarme a sus deseos, iremos a San Luis Potosí. Una madre tiene que sacrificarse por sus hijos. Luego que llegue, fui a visitar al señor Montes de Oca, cuyas relaciones con mi familia se cortaron hace 17 años, no sin cierto escándalo de la sociedad.

- Señor obispo, vengo a agradecer tantos favores como le debo. Su Ilustrísima bautizó a mis hijos Manuel y Concha, con tan buena mano, que los dos ahora son religiosos.

El se conmovió y quedó muy agradecido. En la Misa de Gallo, me dijo el señor: Te traigo a esta ciudad para que hagas oficios de ángel de paz uniendo lo desunido. La paz es mi sello en todas las cosas.

Volví de nuevo con el señor obispo, le dije cómo no me gustaba la tirantez que había entre el y mi familia, puesto que este no es el espíritu del señor.

- Yo pienso lo mismo que usted, estoy dispuesto a la reconciliación.

- Si en algo hubiera ofendido a Su Ilustrísima, le ruego que me perdone y que perdone a toda mi familia.

Conmovido y amable, me enseñó su casa que esta al otro lado de la catedral, su oratorio privado con el precioso altar de bronce y mármol, los pericos que tiene en el patio y que tanto le gustan, la tribuna que comunica sus habitaciones de la planta alta con la catedral, desde donde puede seguir las ceremonias y hacer su oración.

Hable con mis hermanos, los convencí de la necesidad de humillarse y perdonar. así tuve el gusto de que me acompañaran a saludar al señor Montes de Oca.

- Señor obispo, le dijo Octaviano, cómo había deseado que llegara este momento.

El señor obispo fue a casa de Octaviano a pagar la visita, estuvo feiz platicando con toda la familia. Enseguida se dio cuenta la sociedad de San Luis que se alegraba por este triunfo de la caridad. A mi se me quitó un peso de encima.

Ahora regreso a México, los hijos menores entraran de nuevo a clases. Cada hijo, un camino. Dos en el cielo, dos en la vida religiosa. Pancho casado, Nacho de noviazgo muy formal, Pablo de 17 años, Salvador de 16, Lupe de 14. Mis muchachos.

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