CAPITULO XXII

Concepción Cabrera de Armida - Biografía
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YO EN ROMA, PARECE UN SUEÑO

- Pase la señora Concepción Cabrera de Armida.

Me presente ante el Vicario de Jesucristo en la tierra. Estaba en su escritorio con el señor Ibarra enfrente. Me arrodille llorando. Temblaba de emoción.

-¿Que me pides?

- Pido a Su Santidad que apruebe a los Sacerdotes de la Cruz.
- Están aprobados, no temas.
- Santísimo Padre, yo no quiero ser un estorbo para las Obras de la Cruz, le ruego que me eliminen, que no me tomen en cuenta.
- Ya hable con el señor Ibarra y todo se arreglara este año. ¿Que me pides?
- Para las Religiosas de la Cruz, las Obras y mis hijos, una bendición.
- Si, y para ti, muy especial también.

Me puso su mano en la cabeza, me veía fijamente.

- Ruega por mí, me dijo varias veces.

Me anime a tomarle el pectoral y lo bese, bese también su pie y volvió a bendecirme, luego dijo el señor Ibarra que viera al medico, que atendiera su salud, pues al llegar a Roma le había brotado una llaga en el pie. Salí radiante y felíz. Fecha inolvidable el 17 de noviembre de 1913.

Por indicación expresa del Papa, el señor Ibarra presentó por escrito a la Sagrada congregación de Religiosos y al Santo Oficio cuanto el Papa le había dicho de palabra, adjuntando además otros valiosos documentos. Pero ahí encontró cerradas todas las puertas. Era tal la predisposición y aun el disgusto que, en los expedientes se leía esta anotación: "Cuidado con las Obras de la Cruz". De manera que todos le daban carpetazo. ¿Por que?

- Señor Ibarra, vea cuantas acusaciones tenemos en contra. Aquí esta la carta de un obispo que pide que no se conceda el permiso de la fundación. Esta es otra carta de una persona que fue religiosa, renuncio a sus votos, y así se atreve a pedir por su cuenta la fundación de los Religiosos de la Cruz; jamás se concederá esta cosa. Tenemos una comunicación que presenta el caso de la señora Armida como un caso patológico de una mujer histérica. Hay otra acusación, que la Señora Armida maneja a su arbitrio a las Religiosas de la Cruz y es presumible que lo mismo quiera hacer con los Religiosos. Además, hace un mes se presentó por aquí una señora alegando que la idea del Apostolado de la Cruz era suya y que se la habían plagiado. Incluso hay algún opositor entre quienes tienen que resolver. ¿Ahora se da cuenta Su Ilustrísima por que se ha detenido el permiso de la fundación?

El señor Ibarra cada día se ponía más mal, a veces no podía levantarse de la cama, pensaba que seria preferible marcharse de Roma antes que se agravara mas; pero
cuando amanecía mejor, iba al Vaticano, subiendo y bajando escaleras, renqueando el pobre, hablaba, escribía cartas, presentaba documentos, defendía, aclaraba dudas, resolvía dificultades.

- Primero esta la gloria de Dios que mi salud, me quedaré en Roma hasta quemar el último cartucho.

El Cardenal Vives murió piadosamente el 7 de septiembre y el señor Rodolfo Caroli, encargado de los Institutos Religiosos de varones, fue nombrado obispo de Ceneda en el mes de octubre, por lo que tuvo que ausentarse de Roma antes que se resolviera el asunto de la fundación.

Hoy, 19 de noviembre, fue la audiencia que el Papa concedió a la peregrinación mexicana. El acto fué conmovedor. A pesar de estar en pie, el Papa tuvo la delicadeza de hacer que el señor Ibarra se sentará a su lado en atención a su enfermedad y por el especial afecto que le profesaba desde aquel lejano día en que felicitó al joven mexicano por su brillante examen. El Papa nos dirigió palabras confortadoras, nos bendijo, recibió con gusto una imagen de la Virgen de Guadalupe que le ofrecimos y, postrado ante ella, rezó por México.

- Concha, me comunicó el señor Ibarra, trate el asunto de la fundación con el Cardenal Octaviano Caggiano de Azevedo, que es el nuevo Prefecto de la Sagrada Congregación de religiosos, me oyó con amplitud de criterio, aceptó las explicaciones que le formule, creo que esta bastante favorable. Visite también al señor Donato Sbarreti, que poco tiempo después seria Cardenal, el dará su parecer al Santo Padre, le pedí que examinara el espíritu de usted y así pudiera formar su juicio con mayor conocimiento de causa. Y puesto que él aceptó, le ruego que mañana, 7 de diciembre, acuda con él para que la examine, no olvide que el 16 se presentara ante el Papa la proposición de la fundación, ese día será la decisión definitiva.

A quí estoy con temor y temblor en un nuevo examen. ¿Cuantos he soportado?

- Tome asiento, señora. Como fui obispo en La Habana, ya ve usted que hablo español. Cuénteme su vida paso a paso, con el mayor numero de detalles. Comencemos por su infancia.

Me pregunto donde había nacido, como fue que me había casado, cuantos hijos tenia, si conocía al señor Montes de Oca, cual fue el origen del Apostolado de la Cruz y de las Religiosas de la Cruz, como habían sido mis relaciones con mi primer director espiritual, como son las comunicaciones que tengo con Nuestro señor.

- Se que usted ha escrito varios libros.
- Se han publicado unos 23 sobre diversos temas, Jesús, la Eucaristía, el espíritu Santo, la Santísima Virgen, vida espiritual y religiosa. aquí traigo mi librito "Ante el altar", traducido al italiano, al ingles y al francés.
- ¿Tiene usted facilidad para escribir? - Si, señor, aunque no se ni gramática.
- No lo creo.

Habían pasado dos horas. Comprendí que el señor Sbarreti había visto la luz en varios puntos. Amablemente me acompañó a la puerta para despedirme.

Que cuelga recibí el día de mi santo, fiesta de la Purísima Concepción de María. El señor Ibarra me entrego el permiso que concedió la Santa Sede para tener en mi casa al Santísimo. Apenas regrese a México, arreglare el oratorio lo mas hermoso que pueda y pondré en lugar de honor la imagen de la Inmaculada.

Ante la atmósfera adversa que se había formado en torno de las Obras de la Cruz, el día 10 se le ocurrió al señor Ibarra proponer al Papa que se cambiara el nombre de Religiosos de la Cruz por el de Misioneros del espíritu Santo, tal vez así se facilitara el permiso de la fundación que se resolvería dentro de seis días.

El señor me dijo: Aprobaré lo que tu director haga. Debe tocar todos los resortes que el juzgue convenientes.

¿Que otro resorte podría tocar yo, una pobre mujer mexicana, entre las mas altas autoridades de la Iglesia? El día 11 entreviste al padre Luis Alberti, superior de los Operarios Diocesanos en el Colegio español, a quien el señor Ibarra había prestado mis papeles para que los examinara.

- Vengo a suplicarle que influya con el Cardenal Caggiano quitándole prejuicios para que así se facilite el permiso de la fundación.

Me ofreció hacerlo de muy buena voluntad, después supe que así lo había hecho con mucho éxito.

Providencialmente llegó, en esos días, la carta que enviaba desde Paris el padre Poulain en contestación al informe que el señor Ibarra le había pedido acerca de mi espíritu: Me parece que esas revelaciones a lo menos tomadas en su conjunto, son divinas. No encuentro en ellas ningún error doctrinal y además, impulsan fuertemente todas las virtudes sólidas. Enseguida el señor Ibarra entregó la carta al señor Sbarreti, con lo que se adelantó bastante en este largo, penoso camino.

- Señor, hemos hecho todo lo que humanamente podíamos, ahora a ti te toca lo demás.

El día 14 asistí a una audiencia general del Papa. Llevaba conmigo una carta que se me ocurrió escribirle y que el señor Ibarra me dicto en italiano. Ahí, en unas cuantas líneas, le pedía y recordaba el permiso de la fundación. Cuando el Papa pasó cerca de mí, lo detuve, le di un ejemplar de "Ante el altar" en italiano y le dije entregándole la carta:

- Santísimo Padre, favore leggere.

El Papa se detuvo y con él, las personas de su sequito que me veían disgustadas. Yo me quería hundir. El Papa saco sus anteojos, leyó y me devolvió el papel.

- Capito, ecco, mientras me acariciaba la cabeza.

Todos me miraban azorados como diciendo, que mujer esta tan imprudente, que atrevida, y tenían razón. Yo me sentía felíz, segura de que el Papa dirá el si, comprado con tantos dolores.

Hoy, 16 de diciembre, el Papa decidirá. Ahora si va la vencida, de vida o muerte. Lo que Dios quiera. Pase el día en retiro y, como a media mañana, entendí estas palabras del señor: Ya el triunfo esta conseguido, mi obra triunfara. Estaba yo en ascuas por saber el resultado.

- Concha, me aviso el señor Ibarra, el Santo Padre concedió el permiso de la fundación.

Mi alma saltaba de alegría, me parecía un sueño. Dieciocho años de esperar entre persecuciones, calumnias y lágrimas.

- Concha, también quiero comunicarle que el Papa dejó el nombre de Misioneros del espíritu Santo y, como medida de prudencia, puso la condición de que ni el padre Mir ni el padre Félix Rougier tomen parte en la nueva fundación.

Me dijo el señor:

- ¿Ves como yo sé cumplir lo que ofrezco?
- Gracias, señor, no se como manifestarte mi gratitud, pero no fue como tú me decías, que el fundador sería el padre Félix.
- Hija mía, lo principal se ha conseguido, lo demás vendrá.

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