CAPITULO XXIII

Concepción Cabrera de Armida - Biografía
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ESTAMOS DONDE AMAMOS

- Santísimo Padre, antes de regresar a mi arzobispado de Puebla, vengo a despedirme, a darle las gracias y a preguntar como debe interpretarse la condición de que ni el padre Mir ni el padre Félix intervengan en la fundación de los Misioneros del espíritu Santo.

- Ninguno de los dos puede formar parte de la nueva congregación religiosa.

- Santísimo Padre, cuánto le deben las Obras de la Cruz al padre Félix. ¿Por que no permite que se encargue de organizar la congregación con el debido permiso de sus superiores?

- Sí, sí lo permito, señor Ibarra, vaya a Lyon, diga al superior general de los Maristas que hará una caridad al Papa si presta al padre Félix.

Llegamos a Lyon el 4 de enero de 1914, después de gozar la hermosura del camino lleno de nieve. Ese mismo día, el señor Ibarra escribió al padre Juan Raffin una larga carta con todas las explicaciones del caso para pedir al padre Félix. No olvide, le subrayaba, que es un deseo expreso del Papa.

Al día siguiente, el padre Raffin fue al hotel donde se hospedaba el señor Ibarra.

- Vengo a contestar verbalmente su carta, no podemos prestar al padre Félix.

- Le suplico de nuevo que nos lo conceda siquiera por dos años en atención a cuanto los obispos mexicanos han hecho en favor de la Sociedad de María y que se sirva darme su respuesta por escrito para mostrarla a los señores arzobispos a quienes represento.

La respuesta fue una rotunda negativa. Y el motivo, que no había ni un sacerdote que supliera al padre Félix y que por esta falta de personal había pensado cerrar el colegio marista de la ciudad de México.

Yo no veía salida ni camino, solo Dios. Y para colmo, el señor Ibarra malísimo, ataques de asfixia, una terrible caída, el dolor de la llaga, las inclemencias de la lluvia y el frío.

Después de nueve años de no saber del padre Félix, que ganas tenia de verlo estando tan cerca, a 43 kilómetros de la ciudad de Saint-Chamond en cuyo colegio enseñaba español a los internos desde hacia cuatro años.

- Padre Félix, le hablan por teléfono de Lyon.
- Padre, soy yo, María del Carmen, usted era mi confesor en México ¿me recuerda? Venimos en una peregrinación a Roma y Tierra Santa, ahora estamos aquí en Lyon, muy tristes, porque no le han permitido ir a México a la fundación. Conchita pregunta si puede decirle una palabra.

- Sí, por supuesto.

Tomé la bocina siquiera para despedirme del padre, pero me arrepentí, la deje luego y me retire, me pareció mas perfecto ofrecerle a Dios este sacrificio.

De Lyon partimos a París. Apenas me había instalado en el hotel, el 10 de enero de 1914, cuando llegaron el señor Jorge Gréville y su esposa Isabel que habían venido a Londres solo por conocerme.

- Conchita, qué gusto. Nos habían platicado tanto de usted. Vivimos un tiempo en México cuando mi esposo fue embajador de Inglaterra en su país. Ahí conocimos al padre Félix que fue nuestro director espiritual y aún ahora lo sigue siendo, así sea por correspondencia. El padre general de los Maristas es también muy fino y consecuente con nosotros. Esta niña es nuestra hija Carmelita; la mayor, Georgette, entro al Carmelo de Lisieux y ocupo precisamente el lugar que dejo vacante Sor Teresita del Niño Jesús, por eso tomo su mismo nombre.

¿Con que los señores Gréville eran muy amigos del padre general de los Maristas? El señor Ibarra y esta servidora les suplicamos que fueran a Lyon a hacer la última tentativa a fin de conseguir el permiso para el padre Félix. El 12 salieron para Lyon y el 17 estaban de regreso en París con el permiso.

- ¿Que cómo lo conseguimos? Fueron las oraciones de usted, Conchita. Mi esposo y yo oímos con tristeza como el padre general se negó absolutamente a nuestra petición. Entonces se me ocurrió una idea. Padre, le dije, se que usted esta en un grave aprieto, pues por falta de personal se ve obligado a cerrar el colegio de México. Podríamos ayudarnos mutuamente. Cada uno de los arzobispos mexicanos que piden al padre Félix le proporcionara a usted un sacerdote como catedrático para el colegio o la cantidad suficiente para pagarlo y usted, a cambio, les presta al padre Félix para la fundación. Me parece excelente su proposición, Isabel, así soluciono el problema del colegio y me da una razón de peso para prestar al padre Félix sin riesgo de que se opongan los consejeros generales. Ese fue el toque de gracia.

No cabíamos de alegría. El señor Ibarra y yo fuimos a Lisieux a visitar el sepulcro de Teresita del Niño Jesús y darle las gracias por el asunto del padre Félix que le habíamos encomendado.

Luego, con mis hijos Ignacio y Lupe, visite a la Virgen de Lourdes. Los Pirineos encantadores, que vistas pañorámicas todas nevadas. Me arrodille ante la Gruta bendita, ahumada por miles de cirios. Se siente uno tan felíz ahí a la sombra de María, que no se quisiera uno ir. Pedí por las Obras, por los míos, por el pobre México.

El 23 abrace a mi hijo Manuel en San Sebastián a donde fue a esperarme. Tantos años sin verlo. Lo encontré muy alto, instruido y virtuoso, estudia el segundo año de filosofía. El 25 estuve con el en la Santa Casa de Loyola, llena con los recuerdos y reliquias de San Ignacio. Juntos paseamos por el campo en medio de una paz y unos paisajes deliciosos. A la orilla del arroyo, le leí mi diario de viaje.

Que bonita es España, atrae, no cabe duda que la sangre que nos dio hace su efecto. De recuerdo me traje una Purísima preciosa que compre en Barcelona para mi futuro oratorio y un canario cantador que compre en la Santa Cruz de la Palma.

Todo llega y todo pasa. El 10 de febrero nos embarcamos en Barcelona rumbo a México. días de mar y mareo. El mar es lindo, que puestas de sol, que arreboles. Dios mío, ¿para que hiciste tanta agua? Pero los mareos son horribles, yo creo que en el infierno hay mareos. Cada noche, el señor Ibarra rezaba el rosario con los viajeros y la tripulación. Salve, estrella de los mares.

El 13 de marzo desembarcamos en Veracruz. Que impresión tan dulce ver otra vez la tierra mexicana. ahí estaban mis hijos Pancho y Salvador para darme la bienvenida. Pero me hacia falta mi Pablo.

Apenas llegue a México, me fui directamente a la Casa de la Cruz para dar gracias al señor y para ver a mi hija Teresa que estaba felíz. Luego a casa, la encontré llena de luz, de flores y de obsequios. El 25 de marzo, fiesta de la Encarnación del Verbo Divino, el señor Ibarra bendijo el oratorio y se quedó el Santísimo en mi casa. ¿De dónde a mi que el señor venga a visitarme? Todo el día le di vueltas a ver que estaba haciendo, a arreglar su altar, a decirle que soy toda suya. Un sagrario mas, muchos pecados menos.

El 10 de abril, viernes santo, me dijo el señor: Quiero hija mía, que se establezca la comunión dominical ofrecida al espíritu Santo por manos de María en favor de la Iglesia y de mis sacerdotes. Y que se extienda en las parroquias, seminarios, escuelas y comunidades religiosas. Todos a una necesitan levantar el grito al cielo por esa porción escogida de mis sacerdotes. Este impulso salvador necesita la Iglesia. Pon esto en conocimiento de tu director.

Estos meses han sido de penas muy hondas, mi hijo Pancho con sus negocios arruinados, el recuerdo de Pablo que me sigue sangrando el corazón, el temor por la perseverancia de mi hija Teresa que ha tenido una terrible lucha contra su vocación, la actitud de la Madre Superiora que me ha obligado a retirarme temporalmente de las Religiosas de la Cruz siguiendo el consejo de mi director y, mas que todo esto, la persecución que se ha recrudecido contra la Iglesia.

Muchas religiosas han sido expulsadas de los conventos, templos profanados, confesionarios quemados, prohibida la misa y la administración de sacramentos, cerrados los seminarios y las escuelas católicas, obispos que han tenido que abandonar el país o viven ocultos, perseguidos, como el señor Ibarra que se ha refugiado en la ciudad de México. Los carrancistas entraron en la Casa de la Cruz y dispersaron a las religiosas, las novicias se fueron a sus casas, sus padres temerosos las reclamaban.

- Señor, que cese la persecución contra la Iglesia, mira que ya tenemos el agua al cuello, solo tú puedes salvarnos.

- He querido conmover hasta las más ocultos fibras de la nación y de la Iglesia. Necesitaba el clero esta sangría y la nación entera lavar sus pecados. No solo es un castigo lo que pasa, sino también una purificación. Fecundada por la persecución, la Iglesia dará mucho fruto. La tormenta pasara y vendrá la paz por el espíritu Santo. Ha llegado el tiempo de que se desarrolle su devoción y su reinado. Sin combate no hay victoria. Yo velare sobre lo que es mío.

- Concha, aquí estoy.

Después de diez años de no verlo, el 24 de octubre llego inesperadamente a mi casa el padre Félix.

- Bendito sea Dios que le ha dado tan grande fe y perseverancia.

- Ahora que llegue a Veracruz, me encontré al señor Francisco Orozco, arzobispo de Guadalajara, que huía a La Habana. Me puso al tanto de la persecución y por eso se extraño de que en estas circunstancias yo viniera a la fundación. Padre, me dijo, hoy no estamos para fundar nada, ni siquiera para ejercer el ministerio, mejor vengase conmigo a La Habana, yo le ayudare. Humanamente hablando, es una locura querer empezar una obra de esta naturaleza, pues verdaderamente la nación esta agonizando. Yo me limite a contestarle: señor arzobispo, hace precisamente diez años, supe que esta congregación se fundaría en la agonía de la nación.

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