CAPITULO XXIV

Concepción Cabrera de Armida - Biografía
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DOS O TRES NAVIDADES

A las seis de la mañana salí para la Villa de Guadalupe acompañada de dos religiosas de la Cruz. Llevábamos ramos de flores blancas. El tranvía atravesaba por calles y calles desiertas, frías. Llegamos ilusionadas a la Capilla de las Rosas que esta en el cerro del Tepeyac. ahí donde la Virgen de Guadalupe espero a que Juan Diego cortara las rosas que llevaría al obispo Fray Juan de Zumárraga como señal de que era la Madre de Dios quien deseaba que se le construyera un templo para demostrar en el todo su amor y compasión.

Adornamos la capilla con lazos y azucenas, colocamos al espíritu Santo en lo alto del altar, en el centro, la imagen del Niño Dios. Era Navidad, el 25 de diciembre de 1914.

Cuando llego el señor Ibarra, vestido de particular para no llamar la atención, el padre José María Villa que era su familiar, y dos religiosas de la Orden de la Visitación, cerramos con llave la puerta de la capilla. Por aquí, por la Villa de Guadalupe suelen merodear desde temprano soldados villistas o gente de Zapata.

Éramos doce personas las que asistíamos a esta otra Navidad. En primera fila estaban el padre Félix y los dos novicios con que se fundaba la congregación de Misioneros del espíritu Santo, el padre Domingo Martínez y el hermano Moisés Lira. Estaban también el señor José Álvarez Icaza y su esposa Catalina que construyo la Capilla de las Rosas y la facilito de muy buena gana para que ahí naciera la última de las Obras de la Cruz, su corona y su plenitud.

El señor Ibarra celebro la misa, yo le veía todo Reno de unción. leyó el decreto del Papa en que autoriza la fundación de los Misioneros, luego hablo con palabras conmovidas: No es casual, sine providencial, que la congregación nazca este día en que nació Jesús y en este lugar santo en que, en cierto modo, nació para México la Virgen de Guadalupe, porque aquí nos dejo su imagen. Esta semilla que hoy nace se convertirá en un árbol frondoso, ayuda para la Iglesia, salvación para las almas. El padre Felix será de hoy en adelante, el maestro de novicios, ámenlo y obedézcanlo, el les enseñará las mas puras doctrinas de la Cruz. Que Jesús los bendiga.

Yo me sentía aplastada de gozo, de gratitud. Que fiel eres en tus promesas, señor, y como los que esperan en ti no quedaran confundidos. Tome algunas de las azucenas del altar para guardarlas de recuerdo.

Veo que el señor no quiere que tenga apegos humanos. Me va retirando a mis hijos como una mazorca que se desgrana. Primero Pancho y su esposa emigraron a Río de Janeiro, después Ignacio a Boston, van los pobres en busca de trabajo. A cambio, Dios me ha concedido que venga a casa el hijo del consuelo, el que ha sido mi padre, en cuyas manos nació la Alianza de Amor, la Liga Apostólica, los Misioneros del espíritu Santo; obtuvo la aprobación del Apostolado de la Cruz y de las Religiosas de la Cruz, y estableció la Comunión Dominical.

Acababa yo de adquirir esta casa en la calle del Fresno número 125, una casa grande y bonita, con jardín, con muchas flores para adornar el oratorio. El 18 de noviembre de 1916 llegó el señor Ibarra.

- Hija, vengo a morir aquí. Después de dos años y medio de estar escondiéndome de los perseguidores en diversas casas, ansiaba venir aquí para hablar de Dios, es el aliciente que me trae.

Lo aloje en el departamento que esta al fondo de la casa y enteramente aislado. ahí, en compañía del padre Villa, pasaba los días entregado a la oración, el estudio, la lectura de libros espirituales, llevaba la vida de un perfecto religioso.

Ya no era una sola llaga, sino dos, una en cada pie, que sangraban; una de ellas fue creciendo hasta horadar el pie de parte a parte como si fuera un clavo que lo traspasara.

- Se que voy a morir, llegó mi hora y moriré con muchos dolores, pero que se haga la voluntad de Dios.

Mi hija Lupe me pidió permiso de hacer, con sus primas, una sencilla posada como preparación a la Navidad. Pero, Lupe, no estamos para fiestas con el señor arzobispo tan enfermo. No haremos ruido, mamá, solo rezaremos el rosario y la procesión de José y María. No pude rehusarme. Lupe convidó a muchas personas, se llenó la casa, rompieron la piñata, cantaron, jugaron y yo imposibilitada de contener aquella algarabía. No podía descubrir que aquí tenía escondido al señor arzobispo, ya que el gobierno lo buscaba para aprehenderlo.

El 25 de diciembre le apareció la gangrena en un pie. Que Nochebuena pase tan dolorosa, arregle el oratorio, hice buñuelos y una cena modesta y luego a cuidar a mi enfermo que seguía agravándose.

- Acuérdese, señor arzobispo, que se ofreció como victima para la Iglesia.

- Si, Concha, y no me arrepiento. Renuevo mi ofrecimiento en cada misa. Si me viera todo hecho una llaga, seria felíz, porque seria mas victima.

Lo vele día y noche durante mes y medio. Gota a gota apuró su cáliz viendo deshacerse cuanto había promovido en Puebla, su Universidad y Seminario, los laboratorios y la biblioteca destruidos, su casa ocupada por los revolucionarios, los muebles arrojados a la calle. Yo era testigo de sus calvarios interiores y exteriores. Sentía yo como si el fuera Nuestro Señor, como si reprodujera sus humillaciones y su pasión. quería solamente que le hablara de Dios y de la Santísima Virgen.

La víspera de su muerte, pudiendo apenas hablar, agotado por los sufrimientos, rodeado de numerosos sacerdotes de Puebla, les dio las últimas recomendaciones.

- Les pido que me perdonen y les ruego que no olviden la devoción al espíritu Santo, las peregrinaciones al Tepeyac, el amor a la Virgen de Guadalupe. Sobre todo les encargo las Obras de la Cruz. Muero amando a la Iglesia, muestren al Papa mi adhesión hasta el último aliento.

Me confesó y me bendijo. Juntos, de rodillas y cerca de su lecho, nos bendijo al padre Félix y a mi. El día primero de febrero de 1917 entró en agonía. Yo no dejaba de rezarle jaculatorias y ayudarlo a bien morir. Entendía, me miraba, me contestaba, decía con voz entrecortada:

-Por mi culpa, por mi culpa. Mi Salvador. María, asísteme en mi última agonía.

El estertor, los ataques de asfixia. Le cerré los ojos, rece, lo entregue en manos de sus sacerdotes que lo revistieron con los ornamentos pontificales. Corrí al sagrario y, bañada en lágrimas, me ofrecí como víctima a la voluntad de Dios. Cuando sacaron de mi casa el cadáver, no pude menos que recordar a María en su soledad.

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