CAPITULO VI

Concepción Cabrera de Armida - Biografía
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VEINTIDOS NOVIOS Y UNA NOVIA

Uno, dos, tres, cuatro. Contaba yo los pretendientes que había tenido. Fueron veintidós. Casi todos ricos, dueños de prósperas haciendas, de bellas casonas de dos patios. Hubo uno tan decidido que hablo formalmente con mis papás para comprometerme. Ellos se limitaban a aconsejarme. Nunca coartaron mi libertad.

Yo no quise corresponder más que a Pancho, aunque mis amigas me insistían en que no era rico ni de mi posición social. Lo prefería a todos los demás por bueno y trabajador, por correcto y respetuoso, jamás abuso de mi sencillez.

Le escribía con frecuencia en hermosos pliegos de lino tratando de hacer mi mejor letra. Desde la primera carta, le hable de Dios, de la Santísima Virgen, de sus deberes religiosos, de que frecuentara los sacramentos. El me regalaba oraciones, poesías devotas, un día me trajo el Kempis en un lindo estuche de carey y a veces me enviaba una caja de marrón glacé, uno de mis dulces favoritos.

No me inquietaba mi noviazgo para ser menos de Dios. Se me hacia tan fácil juntar las dos cosas. El recuerdo de Pancho no me impedía mis oraciones. Todos los días iba a comulgar y después a verlo cuando pasaba a su trabajo.

Me adornaba y me componía solo para gustarle a el. Si asistía a las fiestas, era con el único fin de verlo. Por eso ya no me rehuía cuando mis papás me llevaban a tertulias donde nos entreteníamos con juegos de salón, o a los bailes reglamentarios de La Lonja, como el de Carnaval en que lucíamos unos lujosos trajes estilo Luis XV, o el baile de los compadres en que las muchachas tirábamos al azar uno de los listones que pendían del candil donde venia el nombre del joven que seria el compadre de cada una.

Pancho sabia que, por mi afición a la música, iba con mayor gusto al Teatro Alarcón que construyo el famoso arquitecto Eduardo Tresguerras con la original bóveda casi plana. Ahí gozaba con las operas italianas, las compañías dramáticas, los conciertos del compositor potosino Julián Carrillo. Cuando Don Francisco de Paula se caso en San Agustín, María Hernández canto una bellísima Ave María que compuso expresamente para ella Julián Carrillo.

Extrañaba a Pancho cuando pasábamos temporadas largas en las haciendas. Ahora releo lo que escribí a mis 17 años, "Historieta de una muy pacifica familia", donde narro aquellos días felices en que estuvimos en Peregrina de Abajo. Como Pancho no podía compartir conmigo tantas dulces alegrías, sacaba su retrato para que viera la casa con su huerta junto al río, el molino de piedra para hacer mezcal, la capilla de vigas con dos graciosas torrecillas. Su retrato me acompañaba cuando remábamos en el estanque y volaban los patos asustados, cuando a caballo recorríamos los alfalfares, los potreros lejanos, o nos íbamos a pie, bajo unas gruesas nubes, cortando girasoles, maravillas, estrellitas, pie de pájaro, jarritos, alfombrillas, hiedras azules, de un azul añil.

Pero que bueno que Pancho no estuvo cuando aquel susto que me dio un caballo en Jesús María. Fue en 1879. había muchas visitas que deseaban salir al campo a caballo. No quedaba para mi sino uno muy mañoso, era un frisón muy bonito, pero no sabia llevar mujeres, no estaba impuesto a la albarda; a poco andar se clavó a los reparos y allá voy de cabeza quedando con el pie izquierdo atorado en el estribo sin poder sacarlo.

Estábamos en un potrero de surcos de maíz. El caballo se desbocó, me arrastró buen trecho sin que nadie pudiera detenerlo, porque corría más. Como yo había quedado abajo de el, me caían las patadas sobre el cuerpo dejándome estampadas las herraduras. No se cómo no me estrelló la cara. Al saltar una cerca de magueyes y nopales, me aventó al suelo, mientras seguía corriendo vuelto loco.

Toda golpeada, la ropa hecha pedazos, un brazo lastimado, me llevaron en camilla a la hacienda. A los ocho días estaba mejor. Anda, Concha, a montar a caballo, ordenó papá. Con permiso de mis papás que desde un principio aprobaron el noviazgo, Pancho venia a verme a casa, pero nunca en viernes, como un sacrificio que ofrecíamos al Corazón de Jesús. Me contaba que su papá, don Idelfonso Armida, había nacido en Jerez de la Frontera, en España; su mamá Dona Petra García, en Cadereyta, muy cerca de Monterrey, donde segun había nacido en 1858. Tenía ocho hermanos. Cuando andaba en los nueve añios, la familia se vino a radicar a San Luis, por eso se sentía tan potosino como yo. Trabajaba de empleado en el comercio "El Moro" de los señores Manrique de Lara que lo estimaban mucho.

Otras veces me comentaba las noticias más interesantes, como aquella de 1882. Concha, te traigo una nueva, en toda la ciudad no se habla mas que de un aparato llamado teléfono con el cual, según dicen, se puede hablar desde lejos con otras personas sin necesidad de levantar la voz. ¿Hablar - desde lejos?

De lejos nos llegó la noticia aquel 15 de septiembre de 1883. Un peón de la hacienda vino a decirnos de improviso que en Jesús María acababa de matarse mi hermaño Manuel. ¿Como, Dios mió? Mamá se arrodillo a rezar.

- Sabrá usted, don Octaviano, que esta mañana llego a la hacienda Don Francisco Cayo a visitar a Manuel. Manuel se detuvo para que comieran juntos y, al acabar de comer, Don Francisco se levanto, luego volvió a sentarse para tomar el café, y en ese preciso momento, el gatillo de la pistola que llevaba al cinto, se le atoró en la silla y disparo. La bala entro por una mejilla de Manuel y le atravesó el cráneo.

Llegamos a Jesús María como a las diez de la noche. Los peones con rostros sombríos, las mujeres envueltas en su rebozo, rodeaban el cadáver de Manuel que todavía manaba sangre de la cabeza. Don Francisco, desesperado en un rincón. Primitivo mi hermaño, que había presenciado la tragedia, caminaba nervioso en la azotea sin querer bajarse a pesar de los rayos y truenos de una tempestad que se había desatado en esos momentos. Mis papás lloraban como locos, pero conformes con la voluntad de Dios.

Como sufrí, Dios mió; quería tanto a Manuel. Siempre he sufrido mucho por lo querendona. Tengo muy pegajoso el corazón, ese ha sido uno de mis mayores martirios por más que en la apariencia parezca fría e indiferente. Aquel golpe tan cruel fue muy saludable para toda la familia. Allí nació la vocación de mi hermaño Primitivo para la Compañía de Jesús. Y en cuanto a mí, tan disipada y divagada, la muerte de Manuel vino a cortar la corriente del mundo, bailes y teatros en donde yo andaba. volví con el luto, a darme más a Dios, a vivir más cerca de El, desprendida de cuanto llevaba a las vanidades de la tierra. Sin embargo, no era solo Dios quien llenaba mi corazón. Eran Pancho y Dios.

 

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