CAPITULO XII

P. Félix de Jesús Rougier M.Sp.S. - Biografía
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EL ULTIMO CAPITULO GENERAL

Estamos en octubre. Exámenes finales. Afanes, sobresaltos y esperanzas. Pero hay algo más importante que todo esto. En este mes se va a celebrar el segundo Capitulo General de la Congregación.

Los Padres Capitulares están citados para el domingo 10 en la ciudad de México. El lunes 11 empezara' el Retiro preparatorio a las sesiones. El P. Benedicto, nuestro Superior, es Capitular. Todos los días sale temprano del Calvario para dirigirse a la Iglesia de San Felipe de Jesús, en México. Ahí, en la preciosa Capilla de la Inmaculada, anexa al templo, se celebrara' el Capitulo.

Los Apostólicos vivimos intensamente los acontecimientos de la Congregación. No es -no puede ser- que conozcamos con profundidad los problemas y las situaciones. Pero la Congregación es nuestra familia. La otra, sin dejar de amarla, la hemos dejado por Cristo. Por eso todo lo que pasa en la Congregación, nos afecta profundamente. Hay ambiente de oración expectante, como en los días del cenáculo, con María, la Madre de Jesús.

Por razón de la delicada salud de Nuestro Padre, la primera sesión se retrasa hasta el domingo 17. Pronto supimos el resultado de las elecciones: Nuestro Padre había sido elegido nuevamente como Superior General.

Había nuevos Consejeros, pero lo esencial era que Nuestro Padre seguía al frente. Cuando el P. Benedicto nos contó sus impresiones, supimos, con momentánea sorpresa, que había sido elegido por unanimidad de votos, menos uno... ¡el suyo, por supuesto!

PUEDE MÁS EL AMOR

En 1937 se ha trabajado fuerte. El P. Benedicto forjado por el P. Félix a su imagen v semejanza, conjugaba la dulzura y la energía que debe tener todo Padre. Contaba con un magnifico colegio de colaboradores: padres jóvenes venidos de Roma, otros más, formados en México y algunos fervorosos hermanos estudiantes.

Todos ellos crearon un ambiente de exigencia y de trabajo, no menos que de entrañable piedad. Estamos al final de la jornada. Como en años anteriores, después de los exámenes, se prepara la Distribución de Premios. Además de los coros, se preparo la ejecución del "Vals Brillante" en La bemol mayor, de Moritz Moszkowski, en un arreglo para dos pianos, ocho manos. Asombrados estábamos, Antonio Alatorre, Pedro Motilla, Manuel Castillo y el que esto escribe, aporreando los pianos para conseguir, primero, la ejecución personal, luego por parejas y finalmente la coordinación de los cuatro ejecutantes.

¡Que bien suena ya! Verdaderamente es brillante, así, este vals!

31 de Octubre, fiesta de Nuestro Señor Jesucristo, Rey. Por la mañana, la celebración litúrgica entrañable. Por la tarde, nos dirigimos al salón de actos de la Parroquia de San Miguel en Tacubaya. Allá acude también Nuestro Padre, con sus compañeros ya inseparables, el P. Edmundo y el Hno. Agustín Lira. Ese octubre ha sido crucificante para Nuestro Padre. Lo ha pasado entre los afanes del Capitulo y los ataques de serias enfermedades, que lo han llevado al Hospital Francés.

Pero puede mas el amor de Padre y ahí esta ya, con "los mas pequeños de sus hijos". Ocupa su lugar en el escenario, para presidir, con los demás Padres, la fiesta de los premios. Se lee el informe del Año Escolar. Lo hace el P. Benedicto, Superior de la Escuela Apostólica, con su bien timbrada voz.

"Ved, aquel es mi rincón". Poética composición para coro del insigne P. Velázquez, de Querétaro. Nos dirige en la ejecución el P. Jesús Mª Padilla.

Llega el momento crítico de la lectura de notas. Nos vamos levantando para escucharlas, con temor y temblor, que desaparecen cuando nos acercamos a Nuestro Padre para recibir de sus manos la constancia de ellas, en una tarjeta. Llega la hora del "Vals Brillante". ¡Que gusto da tocar ante Nuestro Padre! Solo por eso valió la pena el esfuerzo. Y Nuestro Padre habrá sonreído al escuchar a sus pequeños artistas. Y miraba hacia el futuro... "el arte de las artes es la dirección de las almas".

Llega ya la hora de entregar los premios. Se anuncian en voz alta y hay un nuevo desfile de apostólicos ante Nuestro Padre, que los recibe sonriente y ayudado de los demás Padres, va colocando las medallas sobre el hábito de sus pequeños Misioneros, les entrega sus libros y diplomas y les dice una palabra de cariño. Y uno bajaba radiante, porque los premios, sin cariño, nada valen, pero envueltos en el de Nuestro Padre que colmada recompensa, ¡que dadiva perdurable!

Saboreando nuestra felicidad, no podíamos pensar ni se nos podía ocurrir que Nuestro Padre pudiera irse de este mundo. ¡Si tenia que vernos subir al Altar!

¿Como íbamos a arreglárnoslas sin el? No ¡ni pensarlo!

Pero el Padre Félix sabía que pronto iba a partir. Más ¿para que decirlo? Su misión era sonreír hasta el fin y alentar a sus hijos.

Y aquel año, también, la distribución de premios fue distribución de amor y de sonrisas...

Al regresar a casa, los chicos a Coapa y los grandes al Calvario, corrimos a depositar, a los pies de nuestra respectiva Inmaculada, las medallas y bandas y premios de aquella jornada. Y Ella también, la Inmaculada, sonreía...

VACACIONES AVENTURERAS...

No se si por temores de persecución o por arranques aventureros, nos fuimos de vacaciones a un lugar remontado en la sierra, llamado Santa Ana Xilotzingo. Se llegaba en autobús hasta un punto: La Colmena. Ahí se apeaba uno para continuar en una especie de autovia y cuando este terminaba, había que seguir un buen trecho a pie. El señor Cura de ese y otros varios caseríos de alrededor nos presto una casa anexa a la Iglesia.

El lugar era, en verdad, esplendido. "Bosques y espesuras, cristalinas fuentes, música callada en la soledad sonora", purísima luz y un cielo admirablemente azul.
Hicimos excursiones inolvidables por toda aquella serranía. Tampoco faltaba el deporte, aunque para jugar fútbol, teníamos que subir las montañas. Había ahí un campo de fútbol: insólito estadio cuyas tribunas eran las laderas de los montes, con millares de abetos como ingentes y mudos espectadores.

En la Apostólica había un estupendo equipo de fútbol. Se concertó pues, un "reto" con los jugadores del lugar. La fecha señalada fue, precisamente, el 20 de Noviembre. Acudimos todos, efectivamente, al partido. El día era esplendido, el sitio extraordinario y el reto digno de nuestro interés, y sin embargo, nuestros pensamientos y nuestros corazones estaban en otro sitio muy lejano.

Era el Santo de Nuestro Padre, y esta vez, no estábamos con el. Nos habían llegado además noticias inquietantes: El Padre Edmundo, que celebraba también su onomástico en esa fecha, había sido operado y se encontraba en grave estado. Nuestro Padre, no se separaba de el.

Había, pues, razón, para aquella añoranza en los corazones y aquella preocupación en los rostros, una y otra acentuadas por la lejanía. Se comenta, se conjetura... Termina el partido y regresamos a casa. Allá, en México, en el Hospital Francés, Nuestro Padre está junto a la cama de un hijo predilecto. Otros hijos lo acompañan, pero se le habrá escapado la pregunta: "Y los Apostólicos, ¿Donde están?...”

NUESTRO PADRE NOS LLAMA

Incertidumbre en los días siguientes. El frío se hace intenso. El agua se congela por las mañanas y empiezan a escasear los alimentos. El cocinero hace prodigios y nos engaña lo mejor que puede con diferentes caldos. Empezamos a pasar hambre y la situación se hace crítica.

A Nuestro Padre le llegan noticias alarmantes. Entonces, atento siempre a todos sus hijos, envía al P. Ángel Oñate, Vicario General, para que nos haga una visita, vea la realidad y le informe.

El Padre Ángel llega a tiempo para predicarnos el retiro de preparación para la fiesta mas intima de la Apostólica: la Inmaculada Concepción de María. Al mismo tiempo, ve y observa. Siempre lo supo hacer. Resultado: Nuestro Padre nos mando llamar. Y, con nuevas aventuras, volvimos hasta nuestro "rinconcito de Tlalpan querido".

 

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