CAPITULO XIV

P. Félix de Jesús Rougier M.Sp.S. - Biografía
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GLORIA EN EL CIELO... PAZ EN LA TIERRA

Yo nunca había visto una persona muerta. Cuando me dirigí ansioso al "descanso", donde estaba colocado Nuestro Padre, pude contemplarlo a mis anchas. Ahí estaba: blandamente dormido en la Paz del Señor. Serenidad suprema en su rostro... Por momentos, sonríe. Admiro su frente amplia, como fueron amplios sus horizontes. Hay en estos santos despojos una majestad sencilla, una imponente sencillez.

¿Estremecimiento ante el primer encuentro con la muerte? ¡Ni por un momento! todo habla de vida, porque todo habla de DIOS. Defunctus, adhuc loquitur. Alza del sepulcro su profética voz: "DIOS, DIOS, DIOS, les he repetido miles de veces". Y, sin embargo, llore todas mis lágrimas. Porque es humano llorar, cuando se va el que uno ama. Jesús, el Divino, bien sabía que iba a devolver la vida a su amigo Lázaro, mas Jesús, el human, llegado ante la tumba del amigo, experimenta una sacudida y llora.

También nosotros, lloramos. Entonces, en un arranque de amor filial, busque al P. Superior y le rogué me permitiera quedarme ahí y velar a Nuestro Padre, esa noche.

El buen P. Benedicto accedió. No pudo negarme ese consuelo, porque, el como yo, amaba y lloraba.

Miles de personas desfilan ante los amados despojos. En el cielo, hay una extraña formación de nubes en forma de palmas de victoria. Diferentes personas, desde diferentes sitios, lo comprueban. Es la victoria de un hombre humilde, que, al llegar al cielo, es exaltado como Jesús lo prometió. Ahí pase todo el día. Se tomó una buena fotografía. Cuantas veces la miro, ella toma vida en mi alma, en mi corazón, en mi memoria.

Si, así lo vi y así lo veo: sereno, majestuoso, dormido sencillamente en el Señor. Atardecer. Las visitas diminuyen. Los misioneros de las casas lejanas van llegando a venerar los sagrados despojos.

Es de noche. Quedamos unos cuantos en torno al féretro. Un cristal permite ver el rostro y el cuerpo entero yacente con su habito de Misionero del Espíritu Santo, ese habito tal como el lo sonó y lo creó: el escapulario con su misterioso monograma... el simbólico. manto blanco...

A eso de las nueve de la noche, se presenta el P. Ángel, Vicario General. Es, por el momento, la autoridad máxima de la Congregación. Y ocurre lo inesperado: el Padre manda levantar la cubierta de cristal; y nuestra ternura y devoción se desbordan. Besamos la frente augusta, las manos blandas... Tocamos rosarios, medallas, objetos de devoción.

Cuando lo juzga prudente, el P. Ángel manda cerrar definitivamente la caja.


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