CAPITULO XV

P. Félix de Jesús Rougier M.Sp.S. - Biografía
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Así fue como un apostólico pudo contarse entre los pocos que dimos el adiós al Padre con un beso... Empieza la vigilia. Nos encontramos sentados en las butacas que hay adosadas a la pared del recinto. Recuerdo haber velado un rato, que pudo, ser considerable. Luego, como era lógico, me venció el sueño y me quede dormido, pero ahí, cerquita del Padre... En las primeras horas de la mañana vuelve a iniciarse el movimiento. Se suceden Misas devotísimas. Me parece ver al P. Edmundo, escuálido por la pena y su reciente gravedad, celebrar la Santa Misa ante los restos queridos. Serian las diez de la mañana cuando la multitud congregada, se dispone a partir al Panteón del Tepeyac. Todas las miradas acompañan al féretro que vuela par encima de las cabezas, y se forma la caravana interminable. Llegamos al Tepeyac. Penosa subida al cerrito, en cuya cima esta el cementerio, juntito al lugar donde María, la Virgen, apareció como mexicana al indio candoroso y leal, que iba su camino en pos de las cosas divinas. Invadimos el Panteón. Ya llega el féretro al sitio indicado. Es, nada menos, el lugar donde fueron sepultados los restos venerados de Mons. D. Ramón Ibarra y González, promotor insigne de las Obras de la Cruz, a quien San Pío X, Papa, recibió como primer Misionero del Espíritu Santo. No, lo sabemos bien: no hay coincidencias, sino designios de un Dios. Las dos piedras fundamentales de la amada Congregación debían ocupar, uno tras otro, el mismo sitio. Todos buscamos el mejor puesto para ver. Los apostólicos no nos quedamos en los peores. Somas chicos, nos colamos por dondequiera y cabemos en cualquier huequecillo. Podemos incluso, subir a los árboles y colgarnos de una rama. Llega el momento solemne. Se han recitado las preces con el alma estremecida y el féretro va a descender. Entonces el P. Edmundo, que ha ido hasta ahí, reuniendo todas sus escasas fuerzas, se dirige a todos los que de una manera o de otra pertenecíamos a la Congregación y nos invito a jurar fidelidad al espíritu y enseñanzas de Nuestro Padre Félix de Jesús. Todos lo hacemos, levantando la mano derecha. Algo grande, muy grande es lo que estamos hacienda. Somos conscientes de ello. También los adolescentes, los niños, que somas los apostólicos. Padre Félix: llegado a este momento, no puedo menos de levantar mi alma a Ti y decirte: Gracias, porque acogiste mi promesa de adolescente aquel día, el primero y eterno de tu gloria. Aquí me tienes: no es merito mío el seguir caminando tras las huellas de tus pasos. Es gracia, que Tú me has conseguido del Padre allá, en su casa, en la que Tú, con Jesús y María y como Ellos, vives siempre intercediendo por nosotros, tus hijos... Te diré recordando un cántico guadalupano: "No retires tus manos de la actitud suplicante", hasta que lleguemos a la meta y encontremos de nuevo tus brazos, tus ojos, tu corazón de Padre. Ya esta cerrada la fosa. Penosamente nos arrancamos del lugar bendito. "Descendemos del monte". Comentarios en voz baja, hondura en el alma. El grano de trigo ha caído en la tierra y ha muerto. Empezara a dar mucho, muchísimo fruto, hasta el fin de los siglos... ¿Y ahora, que?...Hay quienes dicen: muerto el Padre Félix, todo se acabara. Así dijeron de Jesús. Sus mismos discípulos, pensando en voz alta, le confesaron, sin conocerle, camino de Emaús: "Nosotros esperábamos que el fuera el Mesías... Pero, ya son tres días que todo eso ocumo...” En nuestro caso, hay una- conciencia clarísima de que la Obra es de Dios, no nuestra. El Señor nos ha librado piadosamente de nuestra nativa torpeza y lentitud para creer. Todos, desde los Padres mas connotados hasta el ultimo apostólico, sentimos una unión fortísima, una decisión total de avanzar hacia el futuro: seguimos el camino trazado por Nuestro Padre Félix de Jesús. Si: ese camino que el nos decía, conduce siempre adelante; sin lugar a retrocesos y arriba: a DIOS. Con menos que DIOS, no podemos contentarnos. Y ahí dejamos, al abrigo de los dulces ojos de la Guadalupana, al Padre Félix, Nuestro Padre, que la amo con ternura apasionada.

 

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