CAPITULO III

P. Félix de Jesús Rougier M.Sp.S. - Biografía
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SEGUIR A JESÚS ES UN DULCE RIESGO

Y comenzó, la vida en la Escuela Apostólica, ordenada, austera y alegre a la vez.
El centro afectivo de aquellos niños, adolescentes y jóvenes, en numero de unos sesenta, estaba en un Sagrario y en aquella grácil Inmaculada que Nuestro Padre puso ahí para que cada apostólico, al mirarla, escuchara en su corazón: "Aquí tienes a tu MADRE".

Todas las mañanas, a las cinco en punto, sonaba una llamada. Y en aquella hora verdaderamente intempestiva, ocurría algo insólito y bello. Aquellos muchachos saltaban de su cama y corrían a lavarse -¡o sin lavarse!- a aquel camarín en lo alto, donde estaba la dulce, sonriente, pura Imagen de María.

El primer saludo, la primera mirada, la primera comunicación personal, eran para Ella. Un beso a su pie victorioso y fino y ¡a comenzar un nuevo día de amor y trabajo!

Ahora que, pasada ya "la mitad del camino de mi vida", vuelvo la mirada a aquel entonces, siento, se, que no falto en el momento crucial de mi vida, la presencia apacible de una madre. Tuve a la mejor de todas: la MADRE DE DIOS, LA INMACULADA.

Así nos abríamos a la vida, cuando un día, bruscamente, se rompió el ritmo de nuestras jornadas. Varios agentes del gobierno federal, enemigo de las escuelas católicas, se presentaron en la Apostólica.

Buscando un convento de religiosas para clausurarlo y confiscar el edificio, llegaron al número 18 de la calle San Fernando en Tlalpan, y se encontraron ¡con un Seminario! ...

Inmediatamente procedieron a inspeccionar todos los rincones, reunieron cuanto quisieron en la espaciosa Capilla y sellaron sus puertas. No nos faltó ingenio para rescatar algunas cosas de mas interés, pero al fin fuimos "invitados" a desalojar el edificio, que quedó en manos del Gobierno Federal.

Cristo en su Eucaristía y María su Madre, en su Imagen preciosa, fueron los primeros en huir, como antaño en Belén. Rápidamente los Padres se encargaron de sacarlos y ponerlos en seguro. Como entonces el buen San José, así ahora los Padres protegen a Dios, para que huya y se esconda. Y a su Madre con El.

Nosotros también, una noche, por la puerta falsa, salimos a lo desconocido...

El Padre Félix escribía a sus hijos de Roma: "Don. Manuel' visitado varias veces. El y los suyos defendidos por la Sma. Virgen".

Después de varias peripecias, quedamos repartidos en cinco grupos: los mayores, 49 años, en el Noviciado; los de 39 en una casita en las orillas de Tlalpan; los de 29 en la sonriente "Quinta Rosa María" en Mixcoac, y los de 19 en otra casa menos sonriente, también en Mixcoac.

A los siete mas retrasados en edad y sabiduría, nos enviaron a Tlalpan, a una casita junto al Noviciado de las Hijas del Espíritu Santo. Nuestro Padre llamaba "Nazaret" a ese Noviciado.

Allá llegamos, también de noche por supuesto, "los mas pequeños de sus hijos". Al frente del grupo iba el P. Tarsicio Romo y nos acompañaban dos o tres de aquellas fieles y abnegadas señoritas que antes de morir el Padre Félix, habría de ver convertidas en las Religiosas Oblatas de Jesús Sacerdote, hijas suyas y ultimo brote de su esplendida fecundidad.

En aquel apacible, inolvidable rincón, nos constituimos en una verdadera familia. Era lo que el Padre Félix deseaba y recomendaba constantemente a sus hijos: el "espíritu de familia".

Por otra parte, el P. Tarsicio llamó a la casita "Oasis de Jesús Adolescente", nombre íntimo, también de familia: de la Familia de la Cruz.

Ante aquella tormenta, que le iba arrancando una a una sus casas del Distrito Federal, el Padre Félix reaccionó como lo que era: un hombre de fe, "peor que la de Abraham", decía Conchita Armida.

En donde otros verían disgregación, él veía aumento: "Hemos tenido que aumentar los grupos. Tenemos ya 6. Los profesores de grupos están con ellos... Hasta que Dios sea servido". Y días después: "Otros atropellos han seguido después de los primeros. Tenemos una casa más”...

Aquellos despojos no consiguieron sino agigantar el corazón de Nuestro Padre. Anciano, enfermo, perseguido, despojado, hacia el milagro de encontrar tiempo y fuerzas para recorrer todas las casas y rincones donde sus hijos pequeños se hablan refugiado. He aquí las impresiones que guardaba Nuestro Padre de aquellas visitas: "En medio de todo se ve en cada uno, de arriba a abajo, alegría y plena confianza en María".'

"Se ven a todos los dispersos tranquilos y contentos, entregados a sus tareas ordinarias. La piedad en todos, ha crecido notablemente y también el espíritu de sacrificio".

De manera que para el Padre Félix, todo era ganancia, aumento, crecimiento. Donde otros verían ruina, 61 vela progreso. Así ven los ojos de la fe.


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