CAPITULO V

P. Félix de Jesús Rougier M.Sp.S. - Biografía
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DISTRIBUCION DE PREMIOS

Octubre de 1935. Hora de hacer balances y recoger los frutos de aquel año de aventuras. Nuestro Padre escribe: "Teólogos, filósofos, gran parte de la Escuela Apostólica, han pasado los exámenes, todos muy buenos. Damos gracias a Dios N. S. con toda el alma, porque, a pesar de mil trastornos, se han vencido las dificultades y se ha podido ganar el año".

Habrá "Distribución de premios" ¡no faltaba mas! como en los mejores tiempos. Se hacen preparativos para el domingo ultimo de octubre, fiesta de CRISTO REY.

En ese día de victoria, tan entrañable entonces para México, tenido aun con la sangre de sus mártires, tendríamos nuestra fiesta de fin de cursos. Era, a la verdad, una victoria de Cristo, el que hubiéramos terminado aquel curso.

Anexo al templo de San Miguel, en Tacubaya, había un salón de actos a propósito para nuestro caso. Allí nos reunimos todos los grupos dispersos. En el escenario esta la presidencia. Nuestro Padre acude cariñoso, acompañado del P. Edmundo, para presidir la fiesta.

Se leen solemnemente las calificaciones de los exámenes finales. Hay intermedios musicales. Se entregan los premios de aplicación y conducta. En mi memoria destacan dos recuerdos principales. Pocos días después de mi ingreso en la Escuela Apostólica, el P. Manuel, que quizá me había vista tocando con un dedo en un viejo piano que había por ahí, me puso a estudiar en forma. A pesar de las incidencias de aquel año, pude, gracias a Dios, hacer algunos progresos en el piano. Al acercarse el fin de curso, un compañero más adelantado que yo, preparo el Für Elise de Beethoven. Era Fernando Rodríguez Noriega. Por mi parte, aprendí. "El Campesino alegre" de Schumann. Ambas piezas fueron incluidas en el programa de la distribución de premios.

Para mi es una alegría muy personal, pensar que mis primeros ensayos musicales, arrancarían a Nuestro Padre una de sus inolvidables sonrisas llenas de bondad...
El segundo recuerdo, es la emoción con que íbamos subiendo cada uno hasta la presidencia al escuchar nuestro nombre, para encontrarnos con Nuestro Padre. El imponía en aquellos jóvenes pechos, las medallas, símbolo de sus esfuerzos y de la aprobación del Padre de los cielos. Otros premios consistían en libros escogidos y apropiados a la edad y condición de los apostólicos.

Mas el premio principal, el verdadero premio, era aquella mirada dulce y fuerte a la vez, aquella sonrisa, aquellas palabras, pocas y apenas musitadas pero llenas de eso que tenia el Padre Félix y que no se puede describir porque era, precisamente, un destello de la bondad de Dios Padre.


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